«Era el Diablo… era el Diablo…», venía gritando la vieja desde los corrales, con su cara desencajada y con las manos levantadas, llamando a su vecino, el Tero Calfumil, quien estaba con su mujer y uno de sus hijos caldeando el horno para meter los panes.

La pobre mujer se encontraba en un estado de pánico muy grande, y comenzó a temblar sin que le salieran más palabras… «Yo escuché lo del Diablo…» me comentaba el Tero (sobrenombre con que se conoce desde que nació a Leandro Calfumil), y con mi mujer y mi hijo, el mayor, nos empezamos a asustar también.

Era la hora de la oración y no se movía ni una hoja de los árboles, le dimos un vaso de agua, la sentamos y mi mujer le hacía masajes, mi hijo le puso un poncho por la espalda… y poco a poco le fueron saliendo las palabras: «…era el Diablo, el mismísimo Diablo… y me miraba con ojos de furia… y me quería llevar…», todo eso decía la pobre mujer, según me comentaba el Terito.

Todo esto sucedía en el sur de la provincia de Mendoza, casi en el límite con la provincia del Neuquén, a la vera del Río Grande, antes de que se junte con el río Barrancas, en La Confluencia, y a partir de allí en adelante se llama Río Colorado, lo que es el límite norte de la Patagonia Argentina. Son unos ranchitos de crianceros nómadas, que viven a la vera de la ruta 40, columna vertebral de nuestro país, esta ruta recorre 5194 km: comienza en Santa Cruz, atraviesa 21 parques nacionales, 18 importantes ríos, conecta 27 pasos cordilleranos y trepa (en el km 4601) a casi 5000 msnm en el Abra del Acay, en Salta, convirtiéndola en la ruta más alta de América, y también la más alta del mundo fuera de los Himalayas, y digo nómadas trashumantes, porque en los veranos suben a los altos valles cordilleranos para aprovechar los pastos de esas alturas (las llamadas veranadas), dejando sus ranchos cerrados, hasta el otoño, en que nuevamente bajan con sus rebaños de chivos y algunas vacas.

Hay algunas excepciones, como es el caso de esta anciana asustada, doña Nemesia Quintum, que se supone que tiene noventa y dos años aunque, según dicen sus vecinos, hace varios años que repite la misma edad, y que se queda sola en su rancho, pues vive sola, tenía dos hijos los cuales se fueron de su casa hace muchos años y nunca volvieron, y la pobre tiene un pequeño piño (conjunto de chivos) los que son llevados a las veranadas justamente por sus vecinos, el Tero Calfumil y sus hijos.

Cuando la mujer se restableció les contó que se le apareció un gran puma y le cortó el paso hacia los corrales de los chivos chicos, los que todavía son amamantados por sus madres y que quedan encerrados, justamente en el chiquero (como se lo denomina a ese encierro), mientras ellas van a comer por los cerros. El gran puma la miró fijamente a los ojos, le gruñó fuerte y le mostró sus grandes colmillos. Según ella, era el mismo diablo que había tomado forma de puma, y venía a llevársela a ella y no a los chivos.

El Tero continuaba con su relato… «y eso fue hace unos veinte días atrás, más o menos, y mi hijo Juan, volviendo de la laguna que está cerca de las casas, lo vio al puma saltando entre las cortaderas (plantas con hojas en forma de cintas con bordes muy afilados que cortan como cuchillos y crecen a las orillas de lagunas y arroyos de la cordillera) y desapareció como si fuera de humo…» decía el Tero. «Pero ahora hace una semana… usted sabe que mi señora teje al telar y a veces lo lleva al costado del corral, a la sombra de los árboles… Cuando un puma grandote, con ojos saltones, como lo que contó Nemesia, de un salto trepó a la empalizada del corral y desde allí, como si fuera a saltar encima de mi mujer, le gruñó desde muy corta distancia, y le mostró sus colmillos, despidiendo un aliento repugnante que llegó a su cara… Ella llamó a los perros con unos fuertes gritos, y ellos vinieron pronto, pero el gran puma desapareció como por arte de magia nuevamente… pero esto es el colmo, el “muy atrevido” se mete dentro de mi casa…», decía Terito.

«Es por eso que le mandé a avisar con el de la verdura…» (un camionero amigo, que lleva verdura desde Mendoza Capital hasta todos esos parajes, y va haciendo todo tipo de negocios con toda esta gente).

Todo esto era sumamente raro, un gran puma que solo asustaba a la gente y nada más. No se comía los chivos o las ovejas, por lo menos en los corrales no había matado nada, sí, se sabía que en el campo un puma mató una cabra, unos días atrás, pero a legua y media de distancia, de manera que bien podría haber sido otro puma, en la zona hay muchísimos.

En mi vida de cazador, de vivir muchas experiencias relacionadas con la caza de este gran felino, pues si hay algo que me gusta es cazar felinos y de escuchar muchos relatos de otras personas, jamás escuché algo parecido. Sí admito un encuentro casual con un puma en muchas circunstancias y muchas personas se lo han atropellado en medio del campo y cerca de casas o puestos, por supuesto, pero uno que venga, se acerque, y amenace gruñendo y mostrando los colmillos, dentro de las propias casas y lo repita a los días, es un comportamiento totalmente fuera de lo común.

Se había corrido la voz por los vecinos, algunos hablaban de Un mal y que era El Diablo que tomaba la forma de un puma justamente para producir el mal, que era un gualichu (expresión con que los indios Mapuches se referían justamente a un mal) y que tenían que traer a un curandero para eliminar ese mal, para que invoque a Nguenechén (dios de los indios Ranqueles) para sacar el mal.

Decidieron que se iban a juntar para armar una batida a caballo y con perros, por los cerros aledaños y hasta el cuñado de el Tero decía:… «Yo tengo preparado el ‘Winche’ pal Loncopán» (Loncopán: Puma de cabeza grande en mapuche).

Yo estaba muy desconcertado e incrédulo, y suponía que habían visto al puma, pero que exageraban en los comentarios, además el patrón de comportamiento del puma no daba como para acecharlo en algún lugar o al lado de algún cebo, era una aparición fantasmal. Además, si el resultado de esa batida a caballo podría terminar con algún otro puma que anduviera por los alrededores, luego dirían que mataron al Diablo.

Me quedé dos días para acompañarlos en la batida, había llevado mi Ruger 300 Win. Mag. con mis propias recargas con puntas Nosler Partiton de 180 gr, con una mira telescópica Leupold de 3-10 X 50 con muy buena definición para la caza en montaña, además mis inseparables binoculares Swarovski 8,5X42, y partimos a caballo, temprano a la mañana a recorrer todos los alrededores, subiendo y bajando cerros de una bella cordillera sureña. Soy un enamorado de esos lugares, y recorrerlos a caballo es para mí todo un privilegio. Se habían juntado como veinte jinetes, con perros, lazos, boleadoras y algunos con unas viejísimas escopetas, las que me parecían más peligrosas que el mismo puma.

Se recorría la zona con un buen método, se iba como peinando aquellos cerros, habían formado una línea recta de jinetes, separados unos veinte metros uno de otro, y que se movían de norte a sur, revisando todos los cañadones, piedras grandes, o matorrales espesos donde los hubiera. Ese oficio lo conocen perfectamente bien, son expertos en ese arte de manera que era una especie de zarandeo de una gran porción de terreno. Salieron delante nuestro, zorros, liebres, ñandúes, guanacos, pero ni rastro de ningún puma. Logramos trepar hasta unas alturas verdaderamente importantes, desde donde podíamos ver la confluencia de los ríos Grande y Barrancas, todo un espectáculo de la naturaleza, gran cantidad de pequeños arroyos con aguas muy blancas y espumosas bajando por quebradas cubiertas de verdes pastos, me llenaban los ojos y mi alma de tanta belleza. Nos dirigíamos a un rincón en donde solían verse los pumas, según los paisanos, pues hay unas cuevas de rocas muy grandes y oscuras en donde suelen pasar la noche o refugiarse de las grandes nevadas.

Una vez que llegamos a esas cuevas se encendieron una especie de antorchas con unos trapos engrasados y envueltos en unos palos y algunos intentaron entrar para mirar en el interior de la cueva. Realmente corajudos los paisanos, pero le pedí al Terito que recorriéramos los alrededores de la cueva, subiendo un poco el cerro y pudimos ver que la cueva tenía varias salidas hacia arriba y hacia uno de los costados, de manera que no podrían acorralar a ningún puma. Estábamos en ese análisis cuando sonó el estampido de un tiro, lo que nos dejó asombrados, pensamos que se habrían enfrentado con el puma, regresamos de inmediato y pudimos comprobar que solo se trataba de que habían pretendido asustar a algún puma que estuviese en la cueva, porque con las antorchas no veían absolutamente nada.

Ya de noche regresamos cansados y con hambre «pa las casas» al decir de los paisanos, donde comimos y nos acostamos a descansar.

El día siguiente fue más o menos igual al anterior, algunos rastros no muy frescos al lado del agua fue lo único que pudimos ver, de manera que le propuse al Terito que suspendiéramos el rastrillaje porque eso no era efectivo y que él observara cualquier anormalidad y me la comunicara por intermedio de la radio de la Sala de Primeros Auxilios, que está en la zona, caso contrario yo vendría para la próxima luna llena y le haríamos un acecho con todas la de la ley, prepararíamos con tiempo dos o tres cebos, en lugares adecuados y esperaríamos a ese puma tan matrero.

Tres días antes de la luna llena llegué nuevamente a la casa del Terito y desde hacía unos días me estaban esperando toda esa buena gente, ya tenía preparada algunas cabras viejas para utilizarlas como cebos, él ya conocía la manera con la que trataríamos de cazar a ese puma de tantas horas de charlar mientras cabalgamos juntos en la primera búsqueda.

Todavía oscuro ya estábamos ensillando para ir a colocar los cebos, los que iban sobre animales cargueros conducidos por los hijos del Terito, expertos en esas tareas, la idea era colocarlos en lo más profundo de las quebradas, donde el puma pudiera acercarse a sus anchas a la presa. Se colocaron tres cabras muy distantes una de otra, justamente para evaluar si podían entrarle diferentes pumas, y así quedaron firmemente atadas con gruesos alambres para impedir que el puma las cargue y se las lleve.

Quizá la caza con cebos vivos no sea ética, ni la que suelo practicar, pues no justifica la caza del puma la muerte de un pobre chivo, pero esto era un caso muy singular y era muy necesario terminar con las andanzas de un puma que tenía atemorizada a la gente de tres puestos en la zona, amén de la cantidad de chivos que los pumas se comen regularmente en esa zona de nuestra cordillera. Al respecto siempre se comenta de una matanza emblemática que llevaron a cabo tres pumas en esa zona, unos años atrás, en la cual fueron muertas casi doscientas cabras y chivos en tres noches. Tal fue el impacto que la policía local debió tomar cartas en el asunto, por supuesto sin ningún tipo de resultado, quedando solo el recuerdo de dicha anécdota.

Al amanecer siguiente salimos a recorrer los cebos, sin novedad en los dos primeros que yo suponía los mejores lugares, por lo lejos y solitario de esos sitios, dejando el tercer cebo bastante cerca de las casas, justamente por la actitud que mostraba ese puma… Y efectivamente, fue allí donde atacó el felino. Esta gente que me acompañaba es experta en leer los rastros sobre el terreno, son capaces de ver lo que un hombre común no lo vería ni en un año, y me decía el Terito, «…vea Don Jorge qué comilona se mandó el bruto, se ha comido media cabra, no se la llevó de casualidad, y anduvo tironeando de lo lindo el tipo…».

El puma, después de la comilona, tapa el resto con sumo cuidado, es un maestro en ese arte, es increíble ver cómo arrastra ramas y hojas para tapar su presa, evitando que la vean sobre todo los buitres carroñeros y otras alimañas para volver al siguiente día a por el resto. Pudimos ver cómo con sus garrar traseras, estando de espaldas a su víctima, arranca el pasto y lo lanza sobre lo que queda de la cabra a los efectos de taparla, o camuflarla para esconderla.

Como tantas otras veces emplazamos un apostadero a no más de treinta metros teniendo en cuenta los rastros por donde entró y salió el puma, pero sobre todo por la dirección del viento y poniéndome la luna a mis espaldas y el viento en la cara. A las cinco de la tarde estaba instalado en un improvisado asiento esperando al Diablo y pensaba qué dirían mis amigos cazadores si les dijera que estoy acechando al diablo, y me reía solo…

Las sombras se iban alargando y el sol ya se escondía tras la cordillera, de pronto un ruido muy suave que hacen unas piedras al rodar… y venía justamente de la quebrada por donde se había ido. Yo estaba muy bien mimetizado y el rifle apuntando desde siempre, sobre unos troncos directamente a la cabra, y apareció una cabezota muy grande con ojos saltones y dos pequeñas orejas redondeadas, era un puma realmente grande, miró, volvió a mirar, levantaba la nariz tratando de tomar algún viento, dio un paso y se paró, tal como si intuyera mi presencia. Mi idea era esperar que tomara el cebo para disparar, que es lo clásico, pero me pareció que se iba a esfumar en cualquier momento, de manera que muy lentamente lo metí en el retículo, con la cruz de mi visor en el cogote y a esa distancia el .300WM es fulminante, cayó en el mismo lugar que estaba. Iba a repetir el tiro porque, tratándose de estos felinos, nunca quiero correr riesgos, pero como todavía quedaba algo de luz, lo tenía encañonado por un rato y ya el tema era definitivo.

Gran fiesta en lo de Don Terito me aseguraban y perjuraban que era el mismo, que era el diablo. «Es el mismísimo, Don Jorge…», me decía Doña Nemesia, y yo me reía para mis adentros, pensando que San Huberto me hacía una guiñada.

Jorge Borque