Reportajes

El encanto de la berrea y el embrujo de la ronca

Un ciervo inolvidable y un gamo no menos especial

Munición recargada por él mismo, un visor con una torreta confeccionada por él mismo, una zona de caza con mucho encanto, y todo aderezado por unas circunstancias que suman mucho romanticismo a estos dos relatos: berrea y ronca, un ciervo inolvidable y un gamo no menos especial.

José Gabriel Fernández

Taxidermista, guarda profesional de caza, recechos, armero

23/11/2018 - 2706 lecturas

«Todo sucedió un sábado. Era el último del mes de septiembre»

«Se trataba de un hombre mayor, de unos setenta y tantos años de edad»

«Aquel hombre me lo contaba con los ojos húmedos, dándole a todo un sabor agridulce»

«Nuestro ciervo contestaba de vez en cuando»

«El disparo fue perfecto, impactando en la paletilla del animal»

«Cuando cogí los prismáticos y pude valorar bien el trofeo fue cuando supe que merecería la pena»

El rececho de ciervo durante la berrea puede llegar a encerrar un encanto que convierte esta modalidad venatoria en algo irrepetible e inolvidable cada vez que la practicamos, más aún si tienes la fortuna de que se produzcan varios factores que le atribuyan un sabor a tiempos pasados, añoranza y a campo sempiterno, como es el caso.

Todo sucedió un sábado. Era el último del mes de septiembre. Estábamos en el cortijo del guarda del coto de Arroyo Montero, donde posteriormente se instalaron las unidades de los forestales del ICONA y el dispositivo de extinción de incendios, en pleno corazón de la Sierra de Cazorla. Se trata de un acotado propiedad de la Administración, que lo tiene adjudicado a la Sociedad de Cazadores Arroyo Montero.


Cortijo de la Agracea

Una visita inesperada

El reloj alcanzaba ya las 14:30 horas. Dábamos cuenta de una estupenda comida cinco socios del coto cuando, con toda sorpresa, por allí asomó un señor con un gorro rojo con orejeras, una mochila roja, ataviado con ropa de senderista y un bastón.

Nos sorprendió bastante porque por allí no suele pasar gente, dado que ambas entradas al coto están cerradas con valla y con candado, y no suele acceder gente que no sean cazadores o algún agricultor que tenga alguna propiedad por allí.

Le pregunté al señor qué hacía por allí. Se trataba de un hombre mayor, de unos setenta y tantos años de edad. Me pareció muy agradable a primera vista. Se acercó y lo primero que dijo fue: «No sabes quién soy, ¿verdad?». Le dije que no, y añadí que aquello era una zona privada, y que no debería estar haciendo senderismo por allí, puesto que fuera de la propiedad hay ochenta o cien mil hectáreas para poder caminar fuera de estas fincas.

Entonces me dijo: «Yo he nacido en este cortijo en el que estáis comiendo». Me estremecí. Se trata de un cortijo que en la actualidad es propiedad de la Administración, y hace muchas décadas ya dormían allí los guardas de toda Cazorla. Contaba con unas 20 habitaciones, pero ahora, al mirarlo, se ve una edificación derrumbada situada en la parte superior del coto.

Historia viva de la Sierra de Cazorla

Conocer a este hombre era conocer la historia de un coto al que le tengo especial cariño. No perdí la oportunidad de preguntar cómo vivió su infancia en un lugar con tanto encanto, pero tan aislado de la civilización. Sus historias me llevaron a recrear cómo convivían y trabajaban con las bestias en aquellas tierras, cómo tardaban tres días en bajar a la feria de Puerta Segura a venderlas en el famoso mercado de animales, o cómo elaboraban su propio pan a base de higos secos en invierno y sus propias plantas medicinales con lo que la sierra les ofrecía.

Aquello fue increíble. Aquel hombre me lo contaba con los ojos húmedos, dándole a todo un sabor agridulce. Este señor visitaba este lugar cada cierto tiempo. Me dijo que hacía más de 15 años de su anterior visita y que actualmente vive en Valencia. Sólo venía a sentarse en esa pradera del Cortijo de La Agracea para recordar los viejos tiempos, para volver a su infancia, esos años tan felices, «más dichosos de los que vivimos hoy, a pesar de todos los avances», añadió.

¿Aquella pradera? Señaló la zona en la que yo tenía previsto esperar el celo de los ciervos en berrea, la misma pradera del Cortijo La Agracea en la que se encuentra el puesto que me había tocado por sorteo. Entendiendo la necesidad de este melancólico visitante, tenía que intentar conciliar los intereses que ambos teníamos en aquella zona de la finca.

Pero, cuando dos amantes del campo se juntan, los problemas desaparecen. Este hombre accedió a subir en mi coche. Poco a poco fuimos acercándonos a la pradera en la que ambos teníamos puestas nuestras esperanzas, mientras las historias de cada senda rememoraban momentos de la juventud de mi nuevo amigo.

El venado

En un momento del camino, casi llegando al puesto, cuál es mi sorpresa que vislumbro al fondo, en un prado lejano, la carrera de un buen venado. Debía ser el que poco antes habíamos escuchado berrear. Aquello hizo que mis esperanzas se derrumbasen. Antes de llegar al puesto habíamos espantado al ejemplar que, con certeza, habría dado la cara mientras reclamaba a otros ciervos y defendía a sus hembras.

Pero había que intentarlo. De manera que llegamos y entramos al apostadero, un hueco en medio de tres encinas. Éramos tres: él, un compañero y yo. Allí nos quedamos, él con la mirada escudriñando todo lo que la vista alcanzaba para retornar al pasado, sonriendo, y yo, de manera muy similar, pero en busca del presente.

Tras una hora de un silencio repleto de matices, el hombre se dio por satisfecho, me abrazó fuertemente y, muy sutilmente, agachado, se fue por la parte de atrás de la postura y tomó camino a su coche. Sin duda, disfrutando de esos kilómetros que nos separaban del cortijo.

Allí nos dejó, con el sabor de esta inolvidable experiencia y la esperanza de que lo poco que restaba de tarde brindase una leve oportunidad.

Una berrea imponente

Casi a las seis de la tarde, esta esperanza había desaparecido. La berrea en la zona había sido muy floja, a pesar de la buena temporada de lluvias, y aquel venado huyendo del prado se llevó consigo también unas pocas expectativas. Pero poco después de esa hora, el venado empieza a dejarse sentir. Lo tenemos justo enfrente, a unos 350 o 400 metros de distancia, pero metido dentro de la frondosa pinada. Su berrea es imponente. Emite un sonido bastante ronco. Esto nos levantó nuestra esperanza, y comenzamos a reclamar de manera bucal, imitando a un ciervo macho y con una serie de sonidos de pelea.

Nuestro ciervo contestaba de vez en cuando, y también escuchábamos, lejana, alguna respuesta de algún otro ciervo. Pero el que más insistencia mostraba era el que teníamos delante.

A las 18:45, aproximadamente, levanto la vista y en medio de la pradera veo un bulto, a unos 300 metros. A esa distancia, solo con los ojos no te percatas bien del animal ni de su trofeo, así que subí los prismáticos y la sorpresa me invade cuando veo el imponente ciervo de 12 puntas que está contestando a nuestra llamada.


Puesto

El trofeo perfecto

Un venado de trofeo muy bonito, bastante largo y grueso. Como matiz, me llamó la atención que tenía la contra la contra luchadera izquierda poco desarrollada y una de las palmas también la tenía poco desarrollada. Por lo tanto, entraba dentro de lo que teníamos previsto cazar, tanto por lo que permitía el plan técnico del acotado, como por gestión cinegética del propio coto.

El problema es que solo nos permitió valorarlo durante 10 segundos, y volvió a meterse al monte. Quizá el cambio repentino de aire hizo que nos venteara y se ocultara. Esto consiguió que la poca esperanza que nos quedaba se viniera abajo. A poco más de una hora para que cayese la tarde, solo pudimos continuar reclamando con la turuta, pero el animal permaneció en silencio.

A eso de las 19:15 más o menos, comenzó otra vez a berrear, y cada vez con más insistencia, y tuvimos la suerte que saliese a un claro en la esquina del bancal, a 283 metros, medidos con el telémetro.

18 minutos de incertidumbre

Una vez comprobé que se trataba del mismo animal, tuvimos la mala pata de que cuando lo metí en la cruz del visor y corregí la torreta balística ajustándola a 290 metros, me encontré una parra que tenía justo delante, a mano izquierda, a unos diez metros, que tapaba la mitad del animal, las patas, y solo le veía el cuerpo y la cabeza. Con lo cual, cualquier buen conocedor de balística y del disparo con rifle sabrá que a esa distancia la bala está por debajo del visor hasta que va subiendo con la trayectoria de la parábola.

Pensé que era posible que la bala impactase en la parra antes de llegar al animal y desviase, esa distancia que estaba, pues todavía quedaban más de 250 metros de vuelo de la bala, su trayectoria considerablemente y no llegase a impactar en animal, errando al disparo.

Esto conllevó que nos tocase esperar 18 minutos contados de reloj en los que el animal estuvo, curiosamente inmóvil, sin moverse absolutamente nada, como a sabiendas de que nos era imposible poder disparar por esa circunstancia y que no nos podíamos mover.

Esto fue muy curioso, porque el animal estaba en un bancal completamente pelado. Sobre todo, habiendo sido testigos de que había permanecido toda la tarde muy esquivo.

Transcurrido este tiempo, tuvimos un momento de suerte. Un poco de viento movió esas hojas a la izquierda, y, por momentos, dejaban vía libre.

Un gran disparo con un gran equipo

En un acto de valor, una vez ya lo tenía todo calculado y casi 20 minutos después, que ya me temblaba el pulso a pesar de estar apoyado y a mi compañero le dolían los brazos por sostener los prismáticos, el aire movió la vegetación, instante que aproveché para apretar el gatillo, con la buena suerte y el acierto de tener un visor muy bien centrado y bien preparado en mi Remington 783, calibre 7 mm. Rem. Mag., con munición recargada por mí, punta Hornady de 175 grains, con 65 grains de pólvora.

El disparo fue perfecto, impactando en la paletilla del animal, que pegó un bote de aproximadamente un metro, corrió unos metros, se tiró hacia un lateral y se quedó en el sitio.

Cuando llegamos y pudimos comprobar la calidad del trofeo, esto supuso una guinda perfecta a una jornada de caza especial e inolvidable debido a la historia entrañable que trae detrás.

La ronca del gamo, mismo lugar, distinta especie

El sábado día 11 de noviembre comenzó otra apasionante cacería de fin de semana, esta vez con el gamo como objetivo. El lugar, el mismo, pero hasta el final de estas líneas no os haréis una idea de lo que el mismo supone para referirse a la ubicación donde se alcanza el culmen de este rececho.

Comenzábamos dándonos una paliza bastante seria buscando un gamo al que intentar realizar una buena entrada. Pero desde las 7:30 de la mañana y hasta las 18:30 prácticamente no encontramos animal alguno, salvo un grupito de cabras montesas.

El día ya amaneció raro, con una temperatura aceptable y el terreno, húmedo. En nuestro recorrido por esta finca de Cazorla observamos muchos toques de jabalí, de muflón, toques de ciervo, pero poco más. No tuvimos suerte.

Con escasas esperanzas de poder conseguir el gamo que buscaba, descansamos la noche del sábado, con la decisión de dar una vuelta por el Cortijo de la Agracea y recoger después de comer y partir para casa temprano.

A las 8:30 comenzamos, pero hora y media después, tras haber visto sólo alguna gama comiendo plácidamente, decidimos ir al cortijo y descansar al abrigo de la lumbre que preparamos en la chimenea. El cansancio del día anterior nos empujaba a dar el fin de semana por concluido, pero antes de salir hacia Alicante decidimos echar un sueñecito.

Sorprendentemente, en ese rato de siesta, soñé con el señor que nos visitó en este mismo cortijo durante la berrea, ese hombre de 73 años que se crio aquí mismo. Al despertar, renacieron las ganas de echar la tarde cazando, y así se lo dije a mi compañero.

De vuelta al puesto de la berrea

Decidimos emplear un par de horas y subir a aquel rincón en el que la berrea nos deparó un inolvidable lance al venado hace unas semanas. Una corazonada, un presentimiento o simplemente el recuerdo del buen rato que pasé junto a ese hombre, me llevaron a este último intento del fin de semana.

Y así hicimos. Subimos hasta el mismo puesto y allí le conté la historia que ya todos conocéis a mi compañero José. Después de un rato allí, le avisé que, si en 10 minutos no veíamos nada, daríamos por concluido todo. Dicho esto, me doy cuenta de que a unos 250 metros aparece un gamo que, a primera vista, parecía tirable.

No portaba un gran trofeo, pero en aquella zona no hay venados de gran porte, por lo que entraba dentro de lo que estábamos buscando, y era lo más grande que se podía encontrar por allí. Además, parecía muy bonito.

Cuando cogí los prismáticos y pude valorar bien el trofeo fue cuando supe que merecería la pena intentar abatirlo. Lo más curioso de la escena es que aquel gamo estaba junto a un ciervo vareto con apenas una cuarta de cuerna. A ambos les separaban apenas dos metros de distancia, como si pudieras decir que el vareto, un animal de un año de edad actuaba de escudero del gamo, de cuatro o cinco años.

Como si supiera que le habíamos descubierto, el gamo fue alejándose de nosotros, hasta que llegó a la misma zona en la que había abatido al venado anteriormente. Con 1.800 hectáreas en aquella finca, con todo lo que habíamos pateado el día anterior, y el destino nos pone a este gamo en el mismo tiradero en el que abatí al venado. Cosas curiosas que suceden una vez en la vida.

Un disparo a 290 metros

A 290 metros exactos se había colocado, en el mismo escenario, y con el mismo problema de aquella rama de parra que estaba entre mi objetivo y yo. Pero la diferencia estuvo en que los 18 minutos que el venado la utilizó como escudo se redujo a unos segundos, que fue lo que el gamo tardó en dejarla atrás.

En ese momento, silbé para intentar que se detuviera, y así lo hizo. Coloqué el disparo en la paletilla y a las 17:30 horas exactas apreté el gatillo.

El animal estaba un poquito atravesado, no estaba completamente de lado y yo sabía que el disparo había entrado por la paletilla y había salido por la parte trasera del costado opuesto. Considerando esto, ya sabía que era un tiro que no iba a dejarlo en el sitio, pero el gamo no andaría mucho. Pero, tras el sonido del disparo, comenzó a avanzar, curiosamente hacia nuestra posición, tan solo seis o siete pasos, muy tranquilo.


Torreta balística construida por mí y utilizada en ambos disparos

¿Va tocado?

Esa tranquilidad hizo que nacieran dudas en mí, y decidimos acercarnos de manera muy sigilosa a la zona en cuestión. A unos cien metros del lugar, con la ayuda de los prismáticos, vi sobresalir entre las ramas de una retama una de las palas. Extremando las precauciones, corregí la torreta del visor a 100 metros y nos dispusimos a acercarnos.

El animal parecía tumbado, por la posición que tenían sus patas. Pero tras observarlo bien, pude corroborar que el gamo había caído en esa posición y yacía allí ya sin vida. Se había tumbado, él solo dobló la cabeza dejándola en esa posición antes de morir, estoy seguro sin sufrimientos

Sin duda, dos de los recechos más románticos que he vivido, por la conjunción de circunstancias que los han rodeado, por los lances que los han culminado, por compartir el lugar donde se han producido, por haberlos acometido con la munición que yo mismo recargo y gracias a la torreta que yo mismo he construido en mi visor… Pero esto último es tema de otra historia que compartiré próximamente con todos vosotros.

 

José Gabriel Fernández, Taxidermia Ponoig (Polop, Alicante)
Taxidermista, guarda profesional de caza, recechos, armero