Relatos

Tenores de la sierra

Arturo Martínez García

 

Un ruido digital y constante penetra en mi descanso. Hay que levantarse, con gusto porque no pica, es día de caza.

Cuando el almanaque indica mediados de septiembre y dejada recien la media veda, hay algo que me envuelve y hace que me sienta privilegiado por ser cazador. Los venados berrean cuando sus naturalezas así lo quieren y el monte se hace mágico.

Obligaciones laborales o familiares no me permiten disfrutar de la temporada de berrea que se practica en el coto del pueblo, aunque siempre me las arreglo para hacer un par de recechos justo en la apertura. Tengo pocas oportunidades y apenas resultados, pero siempre me merece la pena pertenecer a esos amaneceres enigmáticos para mí y llenos de amor para los ciervos… esta vez, la diosa Diana se puso de mi lado.

Todo estaba preparado desde el día anterior, el morral bien acondicionado, rifle listo, la orquilla de apoyo acoplada… y un montón de ilusión en recechar.

Antes de arrancar hacia el cazadero encarantoñé a Draco susurrándole a esas enormes orejotas de setter que hoy no le tocaba monte, ya había tenido suficiente con las pocas codornices y abundantes torcaces.

Mañana fresca y sin una pizca de aire en aquel paraje cerca de la dehesa, un buen lugar para escucharlos desde el monte y elegir a posteriori la mejor entrada posible.

Me había sido imposible fichar ningún animal anteriormente, preparar un rececho con idea hubiera sido lo más acertado, la querencia de los ciervos a aquel entorno fue lo que me hizo situarme antes de que el astro despuntara claridad alguna.

Apoyado en un viejo roble y cargando las sensaciones de la caza no tardé en oír a los enamorados. Tres cantaban con sus tiempos marcados, uno enfrente de mi posición, bastante largo, otro a la izquierda y muy cerca; tanto que llegué a sentirlo, pero no andaba quieto y se espesó rápido en la penumbra. Y un tercero a la derecha, que fue el elegido.

No sé si tiene algo que ver la profundidad de las voces de los venados con la dimensión y tamaño de sus trofeos, pero aquel cornudo sonaba a enorme. Cantaba seco, en corto, seguro… viejo. Confesaré que la mente me hacia ver al pavo de mi vida camino del taxidermista.

Quizá, esa pasión desmedida predispuso que hiciera un rececho bien hecho. Se empezaba a ver, ¡a por el bicho!

Escurriéndome por la umbría de la dehesa hacia mi ciervo busqué el aire inexistente, dejó de cantar y jamás lo volví a escuchar. Conocía bien aquel capichuelo y sabía como andarlo, el rececho fue muy lento, despacito, sin ruido y alerta. Buscando las asomadas que el terreno ofrecía entendí que había llegado al escenario del tenor, que ya hace una hora mudó.

Nunca llevo prismáticos, lo que no vean mis ojos con claridad y el visor de mi 7mm no me confirme, no me vale, además me estorban cuando rececho, sólo los utilizo en esperas o cuando salgo al monte de espectador.

Observaba en todas direcciones esperando el movimiento que lo delatara, pero aun anduve un trecho hasta que ocurrió.

El sol ya empezaba a avisar de su azote inclemente haciendo en breve que el permanecer en aquel escenario fuera un castigo. Sabía que los ciervos, aunque anduvieran en plena encendida, no tardarían en tumbarse para mitigar los últimos calores del año antes del largo invierno de aquellas sierras.

Había conseguido llegar donde quería. Una terracilla natural que sobresalía del terreno, coronada por una pinochada de pimpollos. Desde allí se podía ver una extensión considerable de terreno. Fue al otro lado del puntalillo, justo donde las largas sombras de los pinos se acostaban en el terreno y a la orilla de un arroyete seco, entre las zarzas sedientas del monte bajo; una estampa de venado guapo se levantó de su tumbada imponiendo aquel escenario. La pareja de perdices asustadas volaron como cohetes, y aquel animal montaraz emprendió huida hacia el espeso. Le seguía su enamorada que, al percatarse de mi movimiento, viró su rumbo hacia el calar, el ciervo la siguió y esa fue mi suerte.

La cierva aflojo sin llegar a pararse pero a él le pudo más la curiosidad cervuna por mi presencia. Nos observamos, me tenía claramente delatado pero la cruceta del visor ya hacía unos segundos que recorría la anatomía de su cuerpo.

El primer gatillazo lo tumbó, el segundo lo despidió sin demora.

Satisfacción, sosiego, contradicción ante la muerte, admiración por el animal, emoción del lance; tantas sensaciones que se tienen al haber desechado ya unas cuantas botas a la basura y sentirse cazador. Dios quiera que mi naturaleza me mantenga muchos años andando monte, y así poder estar mas tiempo con las personas que quiero… y cazar.

El cabezón de 14 puntas y los dos jamonacos echados a la espalda me hicieron sudar de verdad hasta llegar a la furgoneta. Ya rondaban los buitres los restos que también ellos se merecen.

Metí la llave en el contacto y, antes de girarla para arrancar, recuerdo que me quedé con la mirada fija a la nada y pensé: Todo está bien, bien hecho.

Un bonito trofeo para el recuerdo y una caldereta exquisita, rodeado de buenos amigos, dieron cuenta de aquella experiencia cinegética.