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Vizcaya

«El jabalí es estratega y un superviviente nato»

«Goiz gorri, arratsalde euri» (mañanas rojas, a la tarde lluvia). Iñigo Guridi, un cazador de Elorrio de 47 años, lleva a 'Pantxo' sujeto con una cuerda de diez metros para dejarle libertad de movimientos. Viéndoles bajar hacia Mallabia desde el alto de Areitio, uno no tarda en comprobar la compenetración que existe entre ambos.

03/11/2019 | El Correo Digital | SERGIO GARCÍA

«El jabalí es estratega y un superviviente nato» El sabueso se entrega desde el primer momento a la búsqueda de un rastro. No tarda en encontrarlo junto a una huella que ha quedado grabada en el barro, inapreciable para el común de los mortales. Comienza entonces una carrera desaforada hacia el pinar que se levanta en las inmediaciones del vertedero de escombros de Zaldibar, donde el sol arranca destellos de los plásticos y del arroyo que discurre cantarín a sus pies.

Iñigo lidera una de las 32 cuadrillas que peinan los montes de Bizkaia los domingos y que tienen repartido el territorio en 55 'manchas' de especial valor cinegético. La suya es la zona conocida como Larruskain-Kalamua, comprendida entre Berriz, Trabakua, Markina y Ermua, y llevan cobrados 24 jabalíes en ocho fines de semana. Su pasión es la caza mayor, que coincide en el tiempo con la de pluma (aves). De hecho, los primeros ecos que transporta el viento son de los compañeros que emboscan a las migratorias, esperando hacer una 'percha' cuando pasan las bandadas de torcaces y zorzales.

Mientras se adentra con 'Pantxo' monte a través, entre zarzales, argomas de engañosas florecillas amarillas, enredaderas afiladas y alambre de espino, su aspecto –hundido entre el barro y rodeado de helechos que ocultan el ribazo– recuerda más al de un 'navy seal' que a un mendizale. Un terreno incómodo de subidas y bajadas que pone a prueba los gemelos y que a las tres horas ha dejado sin fuelle los pulmones. «Los cazadores tenemos mala fama, pero estamos para ayudar, controlando las poblaciones de jabalí y de corzo. nadie cuida el monte como nosotros». La parte más dura de la jornada es esta, cuando peinan el monte en busca de verracos que duermen de día y que por la noche pueden recorrer hasta 40 kilómetros a trote cochinero. «Son auténticos estrategas, buscan el lugar más recóndito para descansar pero calculando siempre posibles vías de escape», explica mientras señala un paso marcado con barro.

35 jornadas de caza, entre el primer fin de semana de septiembre y el cuarto de febrero; al principio y al final, sábados y domingos. Íñigo cree que es un error –«en verano el calor perjudica a los sabuesos y en invierno las hembras están preñadas»–, aunque es partidario de perrear (rastreos) todo el año. Le secundan Carlos Almeida y Serafín Olaso, que sujeta a 'Maia', una sabueso de 8 años recién parida que no para de ladrar. Los tres, equipados con chalecos reflectantes y walkies, se lanzan ladera arriba, la vista puesta en una corona de robles y pinos que lucen los estragos de la banda marrón en los alrededores de Zengotita. «Son supervivientes natos –comenta Carlos, que la víspera abatió un ejemplar en Vitoria–, alimentándose lo mismo de bellotas, castañas, golosas manzanas o higos, que de carroña». También de puerros, maíz y gusanos, que extraen hozando como atestiguan las huertas y prados por donde parece haber pasado un huracán.

«¿Nun dau, Pantxo?»
Iñigo acaba de encontrar uno en el bosque tupido, pegado a una 'bañera' donde el verraco se revuelca entre el lodo. «¿Nun dau, Pantxo?» El perro, el cuerpo cubierto de cicatrices y con más mili a la espalda que el Cid, se lanza entre ladridos a la espesura y al minuto emite un aullido sostenido, como de lobo. «Ahí está». Renqueaba, «no sé si porque estaba dormido o herido». Toman nota del lugar y lanzan aviso a sus compañeros que rastrean otro punto de la 'mancha' que tienen asignada por concurso público. Ellos han localizado a un grupo de cinco, la mayoría jabatos, en una hondonada encima de Markina-Etxebarria.

Juan Carlos Sagasta, de Elorrio, ya ha tenido un escarceo cuando amanecía: «El jabalí ha volteado al perro y yo he librado porque me he subido a un alambre». Hay que diseñar la estrategia y repartir las 'posturas' envolviendo la zona para que la pieza no escape, siempre respetando distancias de seguridad respecto a la carretera y las casas. «Es capaz de partir un cable de alambre en carrera, incluso árboles. Nada le detiene». Ana Mari Canas desenfunda su rifle. Hace tres semanas logró su primer trofeo y está impaciente. «Te encuentras sola, en tu puesto y con tu perro, y eres responsable de que por ahí no pase. Eso y el olor a pólvora. No hay nada igual».

En Markina se juntan 18 cazadores –la mitad armados con rifles, el resto escopetas– y una docena de perros con 'GPS' para no perderles la pista. Rodean el escenario, pero les basta media hora para comprobar que la hembra y sus rayones han cruzado una pista y pasado al otro lado del monte. Vuelta a empezar, esta vez donde 'Pantxo' hizo su hallazgo. La comitiva aparca y se dispersa con precisión milimétrica en un perímetro de más de un kilómetro. Julen Barinaga encabeza la marcha, mientras 'Pantxo' le sigue frenético. Los pájaros han enmudecido. Ahí está, tumbado en su lecho de espinas. Tiene heridas en ambas manos, no puede apenas andar ni comer y despide un olor insano. Los cazadores especularán luego con que fue el ejemplar que se les escapó cerca de Trabakua hace cuatro semanas. «Habrá perdido 15 kilos desde entonces», calculan. Julen se acerca cauteloso, «con el jabalí no se juega. Y si está herido, menos». Apunta su Remington Carbine calibre 30-06 al cogote. Y dispara.

40.000 euros en indemnizaciones por daños

En Bizkaia, los daños ocasionados por los jabalís corren a cuenta de quienes les dan caza. La Federación provincial, que reúne a un millar de socios, destina la mayor parte de sus cuotas a sufragar las indemnizaciones de los baserritarras que sufren los estragos de esta especie, cada vez más cómoda en entornos habitados. Es en zonas protegidas, como la Reserva de Urdaibai o Urkiola, donde estos animales proliferan sin control y donde se producen más destrozos. «Destrozos que costean, paradójicamente, quienes no pueden disparar allí», denuncia Javier Barona, presidente de la entidad, que cifra en 90 euros al año el precio que abona cada cazador por el seguro de responsabilidad civil y un perito.

No es una cuestión baladí. Los daños causados el pasado año por estos ungulados salvajes ascendieron a 106.693 euros, cantidad que no incluye los accidentes de tráfico provocados por arrollamientos y de los que no se hace cargo la Diputación -institución al frente de la gestión del jabalí- y sí las compañías aseguradoras, siempre y cuando la póliza suscrita sea a todo riesgo o incluya esta cláusula si es a terceros. Las indemnizaciones contemplan una franquicia, de manera que se pueda ayudar a quien más lo necesita. 40.000 euros se pagaron en 2018 por este concepto, diez veces más que hace 15 años.

El reproche va más allá. «Soy tu arma, te estoy quitando los jabalíes del monte, y este es el único sitio de España donde gravan mi actividad. Hacemos el trabajo a la Diputación, que de no estar nosotros tendría que pagar a profesionales que le cobrarían 2.000 euros por cada ejemplar». Episodios como la batida de Basauri no han contribuido, precisamente, a serenar los ánimos. «Hemos presentado directrices para elaborar un plan de regulación, pero la Diputación nos ha mantenido al margen en todo momento. Proponíamos hacer esperas para acabar con los jabalís que bajan hasta Basozelai; en cambio aquello se convirtió en un circo, con cortes de la Policía, público en los alrededores y mucho, mucho ruido».

Los ecologistas: «La caza no es la solución, si hay jabalís es porque faltan lobos»

El entusiasmo de los cazadores encuentra escaso eco entre los conservacionistas. Ecologistas en Acción rechaza la caza como medio para acabar con la sobrepoblación de jabalís, un fenómeno del que culpan a las políticas auspiciadas desde la Administración y aplaudidas por los ganaderos para acabar con los lobos que atacan sus rebaños. «Si hay muchos jabalís no es sólo porque hay comida abundante, sino porque hemos acabado con sus depredadores naturales -dice Diego Ortuzar, de la comisión de medio natural-. No hay un plan de gestión del lobo, al que se elimina cuando entra por Carranza y que por consiguiente escoge otras zonas para actuar».

Ortuzar considera que «no es lógico que estemos acabando con los lobos que hay aquí y pagando por traer sus orines de Canadá para ahuyentar a los jabalís». En Euskadi, recuerda, «pareja que entra, pareja a la que se persigue». A su juicio, «si les dejamos sus presas naturales, el lobo no atacará al ganado».

Y hay más. «Aunque vayas contra los jabalís con todo, si hay comida abundante, como es el caso, los que sobrevivan se reproducirán al ritmo actual y lo único que habrás conseguido es aplazar el problema». Su postura es irreconciliable con la que mantienen los cazadores. «Forman un 'lobby' muy poderoso y se tiende a tenerles satisfechos. Urge buscar soluciones de consenso y a largo plazo. Pero la caza no lo es, la prueba es la actual tendencia alcista».

Desde el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), Luis Suárez recuerda que el incremento de jabalís no es un problema exclusivo de Bizkaia y lo vincula también a «la alteración del medio natural donde desaparecen los depredadores o se ve alterada la estructura del hábitat». Coincide en que urge tomar medidas si disminuye la presión sobre ellos, «pero hay que ver dónde está el límite. La caza no siempre consigue el efecto deseado». Preguntado por lo ocurrido en Basauri, Suárez dice que «si a las especies salvajes no se las molesta, no tienen por qué atacar. Quizá lo que hay que hacer es un esfuerzo combinado, ahuyentar a estos animales de ciertas zonas y concienciar a la gente».

El biólogo Iñigo Zuberogoitia acepta el planteamiento inicial, aunque con reservas. Es partidario de controlar las poblaciones de jabalí, pero ante la falta de depredadores naturales no descarta recurrir a «cazas selectivas o a jaulas donde se capture a estos animales para darles muerte de una manera no cruenta». Las batidas, argumenta, «a menudo sólo consiguen trasladar el problema, que cambien de territorio, con el consiguiente riesgo de más atropellos». En este escenario, la solución pasa a su juicio por analizar las zonas de flujo de los ungulados y crear corredores ecológicos al diseñar vías de comunicación. «No vamos a quitar las carreteras que ya existen, pero igual compensa construir un viaducto frente al coste en vidas humanas que supone no hacerlo».

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