Revista de Prensa

Extremadura

El cuchichí del perdigón

El viernes empezó la temporada de caza menor y mi tío Francisco y su peña se fueron el sábado al coto, que queda por la Cabeza la Brava, cerca de uno de los más bellos y desconocidos meandros del Alagón, entre Ceclavín y Cachorrilla, a un paso y medio de los Canchos de Ramiro.

16/10/2018 | Hoy.es | J. R. ALONSO DE LA TORRE

El cuchichí del perdigón Allí desayunan las migas reglamentarias bien temprano y luego se ponen a cazar a eso de las nueve y media. Pasado el mediodía, vuelven a la casa de la finca, donde preparan un asado, una paella, unos gambones y pasan un día de caza magnífico, que ya se sabe que lo de cazar no es solo disparar, sino también convivir con la peña, los padres, los hijos, los nietos.

En la peña de mi tío Francisco, el mejor cazador es, precisamente, su nieto Pablo, que ganó el otro día una 'copa de oro' gracias a la destreza cazadora de uno de sus cachorros husmeadores. Pablo monta a caballo, maneja el ganado, caza con precisión y estudia en el centro de formación agraria de Moraleja. Es un joven extremeño con vocación agropecuaria, que seguirá la tradición familiar y pertenece a esa nueva generación de muchachos y muchachas que, estoy seguro, revolucionarán la ganadería y la agricultura en la región gracias a su vocación y a su preparación.

Lo malo, bajando ya a la realidad cotidiana, es que nuestro campo está pidiendo lluvia desesperadamente, más aún de la que ha caído. Bastante más. Mi tío Francisco dice que la tierra está caliente y si lloviera bien llovido antes de que se enfriara, la hierba saldría enseguida y con generosidad, pero la cosa está difícil. Estos detalles campesinos, que nos parecen nimiedades a los urbanitas, son fundamentales aún para la economía de la región. Hace años, dependiendo de cómo viniera la otoñada, las gentes sabían si iba a ser un buen año o no y toda la región dependía de esas lluvias de octubre. Hoy no hay tanta pluviodependencia, pero del agua de otoño dependen muchas cosas en Extremadura, incluida la caza.

Nunca he cazado y tengo reticencias hacia los cazadores por esa formación ecologista y anti-violencia que uno ha mamado desde la adolescencia. Pero comprendo a los cazadores porque recuerdo haber compartido sus emociones siendo muy niño, cuando mi tío Francisco me llevaba a cazar a un aguardo de piedra con un perdigón. Era una práctica que hoy parece discutible y se critica mucho, pero que enraíza con las tradiciones ancestrales del mundo rural extremeño. En nuestros pueblos, aún se escucha por las calles el cuchichí de los perdigones enjaulados. No están así por el gusto de tener un animal en casa, sino porque se usan para cazar perdices al aguardo.

Mi tío me llevaba a una especie de casamata de piedra y jara con un agujero para colocar la escopeta y disparar. En un poyo, también de piedra, colocaba la jaula con el perdigón, que cantaba seduciendo a las perdices y atrayéndolas. El resto se lo pueden imaginar. Era cruel, pero al aguardo se ha cazado desde hace siglos. Ya no se suele cazar así y lo cinegético, ya digo, tiene más de convivencia y gastronomía que de disparos. Pero sigue teniendo una importancia en nuestros pueblos que va más allá de los tópicos de que los cazadores son clase alta, de derechas y esas generalidades.

Recuerdo que cuando vine de un instituto de las Rías Baixas a otro de Arroyo de la Luz, pedía a mis alumnos redacciones 'posmodernas' en torno a temas como «El fin de semana me dejó fatal» y cosas así. Pero notaba que a los jóvenes arroyanos y aliseños aquellos motivos los dejaban fríos, escribían media docena de renglones y con desgana. Hasta que descubrí a uno leyendo en clase una revista a escondidas. No era de sexo, sino de perros, caballos y caza. Lo entendí todo y, desde entonces, los temas de las redacciones fueron: «Un día de caza con mi padre... A caballo por la dehesa... Mi perdiguero y yo...» Escribían con emoción redacciones de tres folios y se les veía felices. Por eso y por mi tío Francisco, respeto la caza y a los cazadores.

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