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Alberto Miñambres

Con el Viento de Cara

Alberto Miñambres

«Mis dos grandes pasiones son los galgos y las esperas al jabalí, soy cazador por condición y galguero por pasión»

Cómo afrontar las esperas al jabalí en días de fuerte viento

Tras una serie de artículos sobre mi otra gran pasión, los galgos, retomo el tema de las esperas, a petición de un buen amigo que se está iniciando en este mundillo.

09 sep. 2020 - 2.217 lecturas - No hay comentarios

A finales de julio de este año, una tarde, mientras tomábamos café, me preguntó si los días de fuerte viento eran buenos para realizar una espera, dando por sentado que mi respuesta iba a ser negativa.

Yo, como en esto de las esperas tengo unos cuantos tiros daos —ya son más de veinte años practicando esta modalidad—, le dije que me había hecho un poco gallego en estas lides. Mi contestación fue de lo más irónica: «Depende».

—¿Depende de qué? —me inquirió él.

—Pues de las ganas que tengas de ir de espera y de las que tenga la parienta de librarse de ti.

Bromas aparte, voy a proceder a contar mi experiencia personal, repito, es solo mi experiencia, esto último lo digo porque todos sabemos que cada jabalí es un mundo, y que depende mucho de las zonas y de la presión cinegética a la que estén sometidos.

Las noches de fuerte viento a priori no son las mejores, tanto por la merma en nuestro sentido del oído como por la mayor desconfianza de la que hacen gala los animales (me refiero siempre a ejemplares de cierto porte, de dos o tres años en adelante).

Llegados a este punto solo recomiendo cazarlos de dos formas, al paso o en una siembra.

Dependiendo de la orografía del terreno, un servidor suele buscarlos y esperarlos en regueros y valles a la abrigada del viento, no cabe duda de que salen a comer todos los días, pero muchas veces cambian radicalmente su recorrido y horario, normalmente saliendo mucho más tarde.

En estas noches de espera son buenas las últimas horas de la madrugada, que es cuando habitualmente los vientos tienden a amainar algo en mis cazaderos habituales, algo que no es siempre así, depende de los flujos térmicos y de si hay montañas cerca.

Ahora bien, habrá zonas de la geografía peninsular que el factor viento se comporte de otra forma, por eso los intervalos horarios del viento deben ser conocidos por el esperista.

Por citar un ejemplo, en una finca propiedad de mi señora, siempre sopla el aire dirección norte-sur durante el día, pero en cuanto cae la noche el aire cambia dirección sureste-noroeste, siendo así prácticamente los 365 días del año.

En estas circunstancias el éxito o el fracaso va a depender sencillamente de la experiencia que tengamos en el cazadero en cuestión y los años que llevemos cazando en él, no existen pócimas milagrosas, no olvidemos que son noches difíciles, pero no imposibles, y donde a veces la fortuna juega un papel importante.

Lo poco bueno de estas circunstancias es que nos facilita la colocación, el aire es importantísimo en las esperas, sobre todo cuando se trata de suaves brisas o corrientes esporádicas, pero cuando Eolo se aplica con fuerza, nuestras partículas olorosas se difuminan a una velocidad de vértigo, resultando prácticamente imposible para el potente olfato del jabalí detectarnos a más de cuatro metros de distancia.

Normalmente en estas noches los guarros no suelen abandonar la raya de monte, si de siembras se trata, por lo que suelo colocarme en zonas centrales de la siembra, evitando las entradas francas de la raya pues sus desplazamientos suelen ser longitudinales con respecto a ella, mientras que en noches de calma la entrada a la siembra suele ser mucho más perpendicular por donde tienen el paso o la querencia, cazaremos de dentro hacia fuera, desde la querencia a la entrada, justo al revés de como lo haríamos siempre.

En cuanto a los puestos en cebadero, no suelo cazarlos esas noches, aparte de que cazo poco con este sistema, tengo comprobado que muchos guarros en vez de ventear por arriba, hocico al viento, cambian la costumbre y echan la nariz al suelo como el mejor de los sabuesos, dando vuelta a la plaza por detrás, estropeando de esta forma muchos puestos que en otras ocasiones nos pueden brindar una alegría, pues la partículas que dejamos con nuestro rastro no las hace desaparecer el viento, solo las horas, el agua o el fuerte calor del día.

Un buen truco es esperarlos al paso en gateras realizadas en alambradas o mallas ganaderas, se pueden colgar latas o similares que hagan ruido cuando el guarro las atraviesa, con este sistema también he conseguido abatir algunos ejemplares en estas noches.

Si estamos en temporada estival, el agua es un punto casi seguro, aunque yo particularmente desaconsejo molestar a la caza en los puntos de agua, prefiero tirarles en los pasos, antes de entrar o después de beber.

En resumidas cuentas, se puede salir de espera, sí, pero estas noches y circunstancias no son para noveles en esta materia aunque, cómo no, la fortuna puede sonreírles, como le sucedió a un buen amigo, ya entrado en años, que tras seis horas de espera, a eso de las cinco de la madrugada, harto de esperar, pues no se oía un ápice, decide encender la luz para abandonar el puesto, cuando se encontró justo frente a él un sorprendido navajerete, a unos treinta metros de distancia, cruzando un claro, teniendo la fortuna de abatirlo de un certero disparo.

Antes de finalizar, me permitiré la licencia de darles un consejo práctico: si tienen el cazadero a poca distancia de casa, no dejen de salir estas noches si les apetece; si lo tienen a varias horas de coche, consulte la Agencia Estatal de Meteorología, pues suele ofrecer información sobre el viento por horas, velocidad y trayectoria, puede ahorrarles tiempo, dinero y algún que otro disgusto en carretera.

 

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