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Juan Antonio Sarasketa

El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Presidente de honor de la Oficina Nacional de la Caza.

Supervivencia

Sabido es que la mecánica cinegética en la caza mayor varía de un animal a otro, según su potencialidad, lugar, tiempo y circunstancias de disparo. Esto constituye un pequeño problema a solucionar in situ por el propio cazador, dependiendo de sus facultades, conocimientos y destreza en el manejo del arma.

07 dic. 2020 - 931 lecturas - No hay comentarios

Es innegable que cualquier especie de caza mayor está dotada de órganos de sensación y de sentidos receptores de potencia muy superior a los del hombre, así como de una noción exacta de la posibilidad de peligro y medios de evitarlo. Sin embargo, algunas de estas cualidades están algo restringidas en los acotados vallados y en los lugares donde no existen grandes predadores.

Un mundo hostil ejerce una influencia sobre todos los seres, modificando su modo de ser y haciéndolos mucho más selváticos. Las privilegiadas cualidades de percepción en los animales no siempre les resultan útiles. Así, en relación al olfato, no se concibe que puedan percibir en la misma medida el olor del cuero humano con brisa floja, en planos de altitud diferente, y menos con viento fuerte, que en un bajo donde el aire es más pesado.

Siempre que un animal se vuelve cuando está cerca de las posturas se achaca generalmente a las corrientes contrarias que ventea, sin considerar, aunque esto pueda ocurrir alguna vez, que los animales poseen sitios querenciosos de circulación en una zona determinada y que por ningún concepto cambian, a no ser que el acoso sea muy fuerte. Aun así, se resisten a cruzar zonas de terreno poco vestida y, sobre todo, cuando no hay continuación de monte donde poder guarecerse.

Pero una de las cosas más notables de la mayor parte de los mamíferos salvajes es la confianza que tienen en los lugares donde se encaman. Se dejan sorprender con frecuencia, a pesar de su excelente olfato y oído, cuando el perrero se acerca a ellos sin mucho ruido. Es el único caso en que la sorpresa les anonada, imposibilitándoles para poner en juego todos sus recursos de fuga de un modo rápido.

Ocurre todo lo contrario cuando se les rececha o espera: los animales durante su merodeo diurno y nocturno son sumamente sagaces, hasta el punto de alarmarse muchas veces sin motivo aparente. En las batidas, cada animal forma su plan de huida en una u otra dirección. Si se trata de jabalíes de más de seis años, al ser perseguidos y tiroteados harán frente a los perros. Pero su comportamiento siempre estará supeditado a la presión que ejercen los elementos de batida, en los que no siempre es posible la uniformidad en el trabajo.

Un grupo de perros que se adelanta siguiendo a un bicho o los disparos de los puestos harán muchas veces variar de ruta a la caza, después de haber permanecido indecisa y observando el camino menos peligroso a tomar. Unos emplearan su poderío físico en la carrera; otros, su astucia, amparándose en la espesura del terreno, y sólo cuando estén heridos o se vean cercados usarán sus defensas para arrollar a todo lo que les parezca un obstáculo en su fuga. De este modo defenderán su vida y libertad, aún admitiendo su impotencia ante el hombre.

«En el monte siempre tiene que haber uno que mande, aunque lo haga mal, y si la gente para ocupar los puestos es la justa, mejor, pues mucho personal no es bueno ni para la guerra».