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El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Aceptable de becadas

Se está arreglando el tema de las becadas, aunque irregularmente. Aquí sí, allí no, hoy sí, mañana no. Es el encanto de esta misteriosa y emblemática ave.

26 nov. 2018 - 1.522 lecturas - No hay comentarios

De todas formas, repartir equitativamente la gracia de Dios es poco menos que imposible con las migradoras. Sigue sin apretarles con fuerza el hielo y la nieve en sus lugares de nidificación y cría, y eso no es bueno para los intereses de nuestros cazadores. Todo se andará, al invierno no se lo lleva el lobo.

No es fácil soportar con tranquilidad esa entrada que nunca sabes cuándo y dónde lo hará. No, no es fácil saber perder y mucho menos admitir nuestras limitaciones por muchas escopetas de las que nos acompañemos. Afortunadamente, la mayoría valora lo que supone quitar la vida a un animal y la dificultad y el respeto que debe conllevar.

No voy a hablarles de los que prefieren el rancho al abrigo de una encina que sudar la camiseta, porque ni sufren ni padecen, ni cuelgan. Ahora bien, no les cambian sus compañeros de acotado por ningún otro socio. Normal. Quienes conocen la realidad de esta caza saben bien que por muy avezado que uno esté en estas lides, en cualquier momento el monte le sitúa momentáneamente en el escalafón más bajo de la cinegética.

Una liebre que se va a un pastizal más grande que la esperanza, sin sosiego suficiente para enmendar con el segundo tiro las torpezas del primero. Un jabalí al que después de vaciarle el cargador en un portillo hay que cederle el paso para que no te atropelle. Incluso cuando viene uno de bolo por no haber sabido leer correctamente lo que nos dice el campo son asignaturas pendientes de la universidad de la caza. Y esta es la que se encarga un día sí y otro también de hacernos ver lo poco que sabemos.

Y no me estoy refiriendo a los apasionamientos, porque son siempre malos consejeros y debilitan los destellos de la razón. No, quiero referirme a esos que se creen la divina pomada, los que miran con cierto desdén conmiserativo a sus compañeros y se autodefinen poco menos que como el azote de los animales. Así y todo estos soberbios y engreídos que quedan con un palmo de narices viendo escapar al más simple de los animales después de haber disparado toda su insignificancia por el ánima de los cañones. O esos otros que, incapaces de admitir su inutilidad, le pegan una patada al pobre perro que tuvo la inoportunidad de acercarse meneando el rabo después de mostrarle la pieza que se marchó a criar.