Blogs

Tío Calañas

El Blog del Tío Calañas

Tío Calañas

La caza tradicional, como siempre se ha entendido

Donde menos se espera, salta el venado

Hace años escuché un relato que me llamó mucho la atención: estamos en los años del boom montero, cuando cualquier montería, por mala que fuese, se vendía a precio de oro. Una finca desconocida y mala que tenía cuatro cochinos mal contados y algún venaúcho de no más de oho puntas que podía colarse de algún sitio, pues es abierta, da su montería.

03 feb. 2020 - 4.128 lecturas - No hay comentarios

Lógicamente a precio de saldo y a matacuelga, y da una comida, se supone que para justificar lo poco que costaba. Pues bien, un puesto mata un venado medalla de oro. En consecuencia la propiedad despide ipso facto al guarda por no darse cuenta del monstruo que había en la finca. Se supone que ese venado se escapó de alguna finca, deambuló por la zona y la tarde-noche anterior a la montería se encamó en sus lindes. O a lo mejor el guarda era vago y malo y no vio el venado. Apuesto por la primera opción e imagino la alegría del montero que lo abatió.

Bueno, algo parecido me pasó a mí un mes de noviembre del pasado año cuando mi amigo José Manuel Borrero me invita a su coto a tirar unas ciervas que se están comiendo las bellotas de un ganadero que tiene cedidas sus hectáreas al coto. El cazadero es una dehesa abierta. Como no tengo cosa mejor que hacer me apunto con éste y otros amigos calañeses por echar un día de campo.

Llegamos a la finca y nos van dejando en distintos lugares, a mí en concreto me deja Fernando García, al que acompaña su hijo, debajo de una frondosa encina junto a un carril y más o menos en el centro del cazadero, advirtiéndome Narciso Chaparro, otro de los postores, que en un rato ocho o diez amigos en mano recorrerían la dehesa dando voces para mover las ciervas, ni perros llevaban. Y la verdad es que no hacía falta. La dehesa apenas tenía una mata, salvo centenarias encinas que se levantaban por doquier, estaba limpia como un campo de golf, fruto de muchos años de pastoreo.

Narciso también me dijo, antes de irse, supongo que por aumentar la tensión, que algunas veces ha visto en mi zona un venado descomunal. Me quedo allí y pego mi silla al tronco de la encina más cercana para aumentar mi camuflaje, pues debajo de la encina soy una silueta que se ve a la legua. De pronto escucho los primeros tiros y las voces de los ojeadores. Suenan algunos tiros más y de repente veo que vienen hacia mí tres ciervas. Quieto como una estatua, espero que se acerquen más con la idea de matar una parada y la segunda a la carrera, cuando se asusten, pues llevo un exprés.

Las ciervas están a cien metros y se acercan a paso lento, mirando temerosas en todas direcciones. Y claro, terminan viendo aquella rareza del tronco y se paran a unos 80 metros, mirándome las tres y esperando cualquier movimiento raro para iniciar la carrera. No sé qué hacer. Sé que en cuanto encare echarán a correr, y decido que sean ellas las que muevan ficha. Si siguen acercándose, mejor, pero si se dan la vuelta intentaré quedarme con alguna.

En ese momento, por mi izquierda, donde había un pequeño cambio de rasante, aparece el venado de la historia. A veinte metros de mí, lógicamente me ve y sale a correr en dirección a las ciervas. Me encaro en décimas de segundo y de culo intento ponerle el punto de mi holográfico entre los jamones. Pero corrió tan rápido que en segundos está cerca de las ciervas, y lo mejor, veo que aminora la marcha hasta pararse junto a estas tres hembras que posiblemente montó la pasada berrea. ¡Tenía que saludar a las tres señoritas de tan buen ver!

Entonces, como ya lo tenía encarado, en el momento que se puso de costado apreté el gatillo. No hizo nada, pero al segundo se alzó de manos, avanzó unos metros a trompicones y se cayó. Busqué de nuevo el codillo, disparé y entonces quedó quieto. ¡Madre mía qué venado tan bonito! Se da la circunstancia que días antes había estado con mi tío Eduardo poniendo el rifle a tiro más o menos a la distancia que había tirado el venado y metíamos las balas en un círculo de cinco centímetros. Pero claro, aquí estaba tirando a pulso. Pensé, por la forma de acusar el tiro que lo había arriñonado, mientras que el segundo debió darle en la paletilla.

A los pocos minutos empezaron a llegar los primeros monteros, pues la cacería había terminado. Al primero que me preguntó le dije que fuese a ver si la cierva que había tirado estaba allí. Se fue hacia el venado y al momento gritó; ¡Qué pedazo de venado!

Al oír aquello, todos corrieron hacia el venado y comenzaron a hacerse selfies y fotos. Desde mi puesto les pregunté dónde tenía los tiros, y me dijeron que uno sólo en el codillo. Les dije que ese era el segundo que debía tener otro en la zona de los riñones, lo volvieron a mirar y me dijeron que no. Yo ya estaba llegando al venado que me pareció más grande y bonito de lo que esperaba, y me enseñaron el tiro del codillo. «No, lo he tirado dos veces y ese es el tiro de remate». Volvimos a mirar la zona de riñones y nada, a pesar del calibre que llevaba, un 7,3 x 74R.

Fue llegando el resto de monteros que no se creían lo que veían. Fernando García no dejaba de hacerme fotos y Narciso me dio un abrazo, me recordó lo que me dijo y se alegró de veras que hubiese sido yo quien abatió su venado. Él trabajaba en una finca cercana y muchas veces cogía por estos carriles, viendo en más de una ocasión al monstruo, pero claro, no imaginaba que iba a estar por aquí y menos que nos entrara.

La existencia de un venado de este tamaño en un entorno abierto es muy difícil porque antes o después alguien va en su búsqueda. Pero también ocurre que estos animales encuentran un rinconcito como este, donde están tranquilos, tienen sus ciervas y se mueven poco. Y con un poco de suerte, o mucha suerte, llegan a ser soberbios animales que uno, de la forma más inocente y tonta, termina encontrándose.

Tengo que añadir que todo se alineó para mí. Si aquellas ciervas siguen avanzando y las tiro jamás hubiera aparecido el venado, y si no corre hacia ellas tampoco hubiese hecho esa parada mortal.

Cuando echaron el venado en el carro que recogía las reses, un hilillo de sangre comenzó a salir del costado del animal, a la altura de sus riñones.

Ya en el pueblo, en el bar donde paramos a tomar unas cervezas, todo el mundo me felicitaba por el venado, y es que los primeros monteros que se fotografiaron con él ya habían mandado videos y fotos a amigos y familiares. Y ya sabéis lo que son las redes sociales. No lo he homologado aún pero podría ser bronce.

 

Inicia sesión o Regístrate para comentar.