Enfermedades de los animales y caza

No pueden contemplarse las enfermedades de los animales en el campo con iguales perspectivas que en el laboratorio, en la granja, o en el corral.
José Miguel Montoya Oliver

José Miguel Montoya Oliver

05/11/2018 | 4895 lecturas

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La perspectiva adecuada para el análisis de las enfermedades de los animales silvestres no puede ser acomodativa (usar unos conocimientos sanitarios preexistentes, solo por ser generales y por estar ya disponibles), sino que tiene que ser forzosamente ecosistémica; porque los animales del campo viven a la intemperie y sometidos tanto a los rigores y agresiones de los ecosistemas o de los agrobiosistemas. Estoy diciendo exactamente que esta no es una cuestión solamente veterinaria, sino netamente pluridisciplinar: ecosistémica.

Los procesos de decaimiento e incluso muerte de la fauna cinegética deben contemplarse y diagnosticarse desde la perspectiva de los cuatro grandes factores de perturbación, propios y rectores de la regeneración, sucesión, y evolución en cada medio natural:

Factores de predisposición. Los excesos de densidad total (lagomorfos) o desequilibrios poblacionales (conejo y liebre), las pirámides poblacionales atípicas (desequilibrios en la relación de sexos, excesos o déficit de edad, desequilibrios entre las clases de edad) o los estados individuales inadecuados (deficiencias ambientales y daños previos) suelen ser los principales factores que predisponen a los individuos a sufrir la acción de las enfermedades.

Factores detonadores. Azares meteorológicos (oscilación intra- o interanual o incluso cambio climático) u otros (mutaciones en la enfermedad, introducción de genéticas foráneas a través de las repoblaciones…) pueden hacer detonar la enfermedad.

Factores catalizadores. Factores a la espera, condiciones ambientales del espacio o fenológicas de tiempo, que multiplican los riesgos.

Factores ejecutores. Los sicarios que finalmente matan. Pueden ser bióticos o abióticos, típicos (previstos y de equilibrio) o atípicos (imprevistos y agresivos).

Las intervenciones de naturaleza curativa en el medio natural sobre los factores ejecutores, a diferencia del caso de la medicina o la veterinaria, suelen ser inviables: por razones legales, sociales (repercusiones sobre otros usos y recursos), técnicas (inviabilidad práctica de su aplicación), ecológicas (impacto ambiental de los tratamientos) o económicas (costes, financiación y rentabilidad). También suele ser imposible actuar sobre los espacios y momentos que catalizan la actuación de las enfermedades, factores catalizadores. Lo mismo en lo que concierne a los factores detonadores (apenas si cabe evitar errores de repoblación). Son las actuaciones sobre los factores de predisposición (y sobre todo el cazar bien) las actuaciones sanitarias más viables: cazar bien es lo que sanea la caza, y lo que reduce el sufrimiento animal. Dejar de cazar sería el mayor error, aunque suele ser la propuesta más fácil y común, cuando se prescinde de la ecosistémica y de los condicionantes propios del desarrollo sostenible y de la puesta en valor del universo rural.

Cuando aparece algún brote nuevo de alguna enfermedad, suele tenderse a magnificarlo y al alarmismo (fotos y ruido). Inmediatamente después se reclaman investigaciones, estudios y fondos (públicos, claro) para controlarla; pero… ¿cuánto se podría invertir realmente, sin incurrir en expolio doloso del erario? Pensemos a título ejemplo en la mixomatosis; por ejemplo, la de la liebre: ¿Cuánto valor generan la liebre o el conejo en España? y, a costes razonables y proporcionados, ¿cuánto se podría invertir consecuentemente en su investigación? ¿A cuánto podría salir cada ejemplar añadido tras la aplicación de los posibles tratamientos que en su caso se hallaran? ¿A más o a menos de lo que valen? La experiencia habida con el conejo de monte debería conducirnos a una reflexión seria. ¿Más de lo mismo? ¿Hacer como si hacemos? España no puede permitírselo, porque hay necesidades sociales mucho más urgentes.

En todos los recursos naturales renovables, y la caza lo es, el aprovechamiento es la herramienta principal de manejo (producir conservando y mejorando). Cazar bien es lo esencial, y eso no cuesta, sino que da. No estamos cazando bien, todos sabemos que los Planes de Caza son cuestionables por su escasa cuantificación. La llegada de una nueva enfermedad obligaría solo a cuantificar el impacto atípico de la misma a la hora de determinar la tasa de captura a aplicar. Apenas se precisa estimar este dato que es propio de cada coto: la mortalidad atípica producida en él. Corregir la forma de cazar, y esperar a que la Naturaleza haga su trabajo: debilitar poco a poco la enfermedad y fortalecer progresivamente la especie afectada ¿Quién ha llegado antes con el conejo la Ciencia o la Naturaleza?

No es esta la única reflexión posible en esta materia: ¿Las densidades poblacionales totales y su distribución interna son razonables? ¿Mutación o errores de repoblación? ¿Qué más da quien mate, el virus concreto, si la cura es inviable?

Diagnostiquemos pues el campo desde una perspectiva ecosistémica y contemplemos las enfermedades desde una perspectiva no alarmista, y si, aun así, hubiera razones para la alarma… ¿Podríamos hacer algo? Si la respuesta es no, más vale esperar pacíficamente a que el poder curativo de la Naturaleza actúe. Los agentes atípicos más dañinos suelen evolucionar con el tiempo hacia agentes típicos de equilibrio (recordemos lo que ha pasado con la mixomatosis del conejo). El erario no es un pozo sin fondo, como el campo no es un corral sin tapias.

José Miguel Montoya Oliver
Dr. Ingeniero de Montes. Profesor Titular de la Universidad Politécnica de Madrid. Miembro del Comité Científico de la Red de Investigación en Sostenibilidad (Common Ground Research Networks. University of Illinois. Chicago)

 

 

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