Perdices con el perro por delante

Esas perdices salvajes, que nacieron en los campos en los que también han crecido utilizando sus rápidas patas para escapar del acoso de los predadores, que han volado cuando así lo ha requerido el peligro que les acechaba a diario. Esas perdices que ‘se aplastan’ ante la mirada del que escudriña los terrones del barbecho, que desaparecen entre las calles del rastrojo o las matas del monte, que intentan volverse sobre sus pasos al encontrar una mínima oportunidad para no abandonar las zonas que mejor conocen… Esas perdices que enamoran al verdadero cazador de menor.

CdC

30/10/2018 | 3678 lecturas

Son las que ponen a prueba a los perros, las que diferencian al perro experimentado de los que aún tiene mucho que aprender. Las que obligan a levantar al bando una y otra vez. Y, cuando creemos que esta vez las hemos cansado y que buscarán esa zona sucia hacia la que hemos intentado dirigirlas, vuelven a batir sus alas a 70 metros en ese delicioso aleteo, escandaloso, y que sube las pulsaciones al instante de oírlo.

Difícil, por eso son perdices

La perdiz se mueve con una soltura admirable por campos de cultivo, por montes de encinas y carrascas, incluso por sierras de matojos y pedregales montañosos. Su carácter la ha llevado a ocupar el trono que desde antaño se le ha atribuido entre las especies de la cinegética menor. Desconfiada, siempre alerta ante cualquier conato de amenaza, esquiva, con un variado repertorio de tácticas que utiliza para escapar de predadores, perros y cazadores, es precisamente ese carácter lo que la lleva a despertar tantas pasiones entre los cazadores que cuentan sus lances por calidad, y no por cantidad.

Es cuando la hemos sabido cazar con el perro por delante, cuando la hemos agotado y no puede continuar volando ni apeonando, cuando el bando está desorientado, separados sus integrantes y lejos de los rincones donde se han criado, llega el momento en el que elegirá un rincón con vegetación, piedras, terrones, montoneras de paja…, suficiente para esconderse y desaparecer de la vista. El perro se hace indispensable.

Británicos y perdices: una caza de élite

Acompañar en la caza a un perro que galopa sobre un campo en el que las perdices intentan salir de su «radio de acción» es un verdadero deleite para la vista. En esta ocasión vamos a hablar de pointers.

Pointer inglés

La muestra es uno de los factores que más han llevado a los cazadores a acercarse a esta raza. Pero, para llegar a este gran momento, el perro debe haber trabajado mucho a la perdiz. Hablamos de canes que extienden su búsqueda muchos metros a ambos lados de la escopeta, y siempre por delante de esta.

Estos perros son muy veloces y con una amplitud de búsqueda que los hace únicos. Por ello, requieren una manera de cazar determinada y, sobre todo, un conocimiento muy profundo de lo que supone la caza con perros galopadores de muestra.

Un buen pointer abarcará terreno, permitirá que cacemos una extensión muy amplia en busca de las perdices. Y esto se convierte en algo muy provechoso para el cazador que consigue formar un binomio eficaz con un buen pointer inglés.

El cazador aprende a confiar en su perro, en esa manera de devorar terreno, porque cuando su finísimo olfato detecte la emanación, lo hará, si las condiciones y la estrategia de caza han sido las ideales, a una distancia a la que las perdices aún no se saben descubiertas.

Siempre contra el viento, mejor aún si el suelo cuenta con cobertura que las oculte y nos oculte a nosotros de ellas todo lo posible. Poco a poco podremos ir reduciendo la distancia que irán poniendo por medio. Con paciencia y sin presionarlas excesivamente, dejando al perro trabajar, cortar el viento y llevarlas a ocultarse cuando más confían en su capacidad de mimetizarse con el entorno en el que se ocultan.

Es este otro de los momentos culmen para disfrutar al máximo del buen hacer de un pointer. Su gran nariz, su seriedad en la caza, es un atleta que no desfallece, y cuenta con una de las muestras más firmes de entre todos los perros de caza.

Continentales: dónde y cómo

Dos representantes del amplio grupo de mostradores continentales van a ocupar las líneas siguientes. No nos olvidamos del resto de grandes perros de muestra nacidos y desarrollados en el Viejo Continente, que abordaremos en próximos reportajes, pero esta vez tratamos al braco alemán y al pequeño bretón.

El braco alemán de pelo corto

Esta raza aporta una adaptabilidad que pocas pueden igualar. Llévale a cualquier tipo de terreno en cualquier época del año y bajo todo tipo de circunstancia climática, que adecuará su búsqueda, su ritmo y su nariz, pero siempre con un denominador común: su gran pasión por encontrar caza. Buscará el viento que delate la dirección en la que se encuentra el ave.

Seguirá las emanaciones a una velocidad segura. Cuando la reciba, encarará de manera decidida e inconfundible, con el cuerpo en tensión y la cabeza alta. Pero lo que realmente posiciona al braco alemán como un gran perro perdicero es su inagotable constancia. En esas jornadas, que desgraciadamente cada vez son más numerosas, en las que apenas vemos a las perdices, el buen braco no bajará el ritmo ni la pasión en la búsqueda. Incluso tras horas sin levantar caza, seguirá en su gran afán de señalarnos el lugar exacto en el que se encuentra esa perdiz que llevamos rato cazando.

Entrará en las matas donde otros perros ven una puerta cerrada, para seguir a la brava perdiz en su camino de huida y echará la nariz abajo, a ras de hierba y piedra, para concluir los cobros más difíciles.

Epagneul bretón

Un buen perro perdicero debe equilibrar su andadura con su capacidad olfativa. En este sentido, el epagneul bretón puede convertirse en un alumno aventajado. Aunque debe portar la cabeza siempre en línea o ligeramente por encima de la línea dorsal, su escasa altura a la cruz reduce esta distancia que le separa del suelo. Esto le permite entrar en contacto con las más leves emanaciones que deja el peón de la perdiz, esa que se mantiene a decenas de metros por delante de nosotros, o las emanaciones que el viento disemina y que su nariz capta de manera muy eficaz.

Veremos cómo el bretón reduce el ritmo de búsqueda cuando pasa del llano al monte. Suele destacar por ser un perro meticuloso, no deja rincón sin revisar. Lleva su nariz a cualquier recoveco, porque no encuentra ningún problema en entrar en matas tupidas.

Su muestra, como indica su estándar de trabajo, debe realizarse en pie, «cuando nota la emanación, después de un control rápido, el perro debe subir con mucha autoridad y seguridad para bloquear la caza». En el caso de la perdiz, es muy probable que se precise de una o varias guías que consigan bloquear los intentos de huida de las bravas patirrojas ante la cercanía del perro. Pero el bretón hace gala de una guía eficaz, apoyada por las indicaciones del cazador para coordinar la entrada a la caza.

En cuanto al cobro, en esta raza, sobre todo si hablamos de líneas contrastadas en caza, no existen problemas en la recuperación y entrega de las piezas abatidas, debido precisamente a la escrupulosa selección de ejemplares destacados que han realizado nuestros grandes criadores de epagneul bretón.

Un mostrador ibérico

Entre los perros de muestra ibéricos, elegimos en esta ocasión al pachón navarro, pidiendo disculpas tanto al perdiguero de burgos, perro perdicero como su nombre siempre nos recuerda, como al portugués, como a los menos numerosos, pero igual de icónicos, ca mè mallorquí o el casi desaparecido perdigueiro galego. Más adelante hablaremos de estos representantes de la muestra nacional y portuguesa.

El pachón navarro: la nariz arriba y abajo

No olvidemos que, desde la primera línea, estamos hablando de perdices de campo, esas que han sobrevivido a alguna que otra temporada de caza para criar y sacar adelante a una pollada a la que han estado enseñando durante meses cómo sobrevivir a los peligros del día a día.

Hablamos de localizar al bando y levantarlo una y otra vez. Seguir esos vuelos de cientos de metros atravesando campo y monte, perseguir rastros y emanaciones. Para muchos cazadores, esto requiere perros inteligentes, que adecuen la búsqueda tanto a los vientos como a los rastros, es decir, que levante la nariz para recibir las emanaciones que transporta el aire, pero que sepa cuándo bajarla y tocar con ella el terreno sobre el que apeonan las perdices.

Esto adquiere mucha relevancia cuando tratamos el cobro de perdices heridas, sobre todo las que caen con un ala rota. Sin un perro que eche la nariz abajo y siga esos metros, dependiendo de la entereza que conserve la perdiz caída, el rastro que deja la patirroja, es muy posible que perdamos muchas de estas complicadas piezas. Aunque la veamos caer en mitad de una viña con poca o ninguna pámpana, en medio de un olivar, incluso en una ladera aparentemente limpia o tras un pequeño desnivel, cuando acudimos al lugar donde tocó tierra, ya no está allí. Habrá corrido con la parte superior del cuerpo agachada, pasando desapercibida entre la más mínima cobertura, y seguirá mientras le respondan las fuerzas.

Acompañados de un buen pachón, experimentado en seguir rastros, no tendremos que corregir su búsqueda, tan solo le dejaremos evolucionar, ir y volver, rodear los rastros para cortarlos más adelante, hasta que den con ella y nos la traiga orgulloso.

Levantadores: tras la perdiz sin dar tregua

Un levantador realiza una búsqueda incansable y a un ritmo que permite al cazador analizar cada movimiento que efectúa el can. La distancia que suele separarle del cazador también favorece esa caza «íntima», pero derivada de una necesidad: estos perros no muestran, es decir, no brindan ese aviso sobrado al cazador que una muestra ofrece, pero tampoco es necesario. Un gran cazador con una dilatada experiencia con perros levantadores dijo esta frase hace algún tiempo: «estos perros no muestran, pero ni falta que les hace».

Cuando dan con la pieza, ese rabeo característico precede a su intento de capturarla, empujándolas a desencamarse y, en el caso de la perdiz, arrancar en vuelo. De hecho, la raza más numerosa en nuestro país entre los perros levantadores es el springer spaniel inglés. Y springing lo podemos traducir como «hacer saltar», referencia que define claramente el cometido esencial de esta raza durante su trabajo.

De manera general, llevan la cabeza cerca del suelo, obsesionados por captar rastros, a un ritmo vivo, que no se toma tiempo para pausas. Por ello, requiere un cazador que forme un equipo equilibrado con él, que permanezca atento, que favorezca la iniciativa en la caza de estos perros.

El perro levantador no se alejará mucho de la escopeta y seguirá buscando, aunque ante él se interponga una mata, zarza apretada o terreno inundado, lugares en los que, por cierto, destaca sobremanera su eficacia en la búsqueda y desalojo de piezas de caza. Un buen springer debe encontrar en la espesura su hábitat natural de búsqueda, y solo debe salir de una mata para dirigirse a la siguiente.

Todo esto es aplicable también al cobro, que incorporan a su repertorio cinegético sin grandes esfuerzos por parte del adiestrador, si es que no hacen gala de él de manera innata. De hecho, es una de las razas más utilizadas para el cobro desde puesto fijo, con permiso de los retrievers, tanto en puestos de migratorias, acuáticas o como en ojeos de perdiz.

Retrievers: que no quede una perdiz abatida en el monte

El perfecto perro de cobro. Ha nacido y evolucionado para ese fin exclusivamente. Inicialmente, para el trabajo en agua, pero con unas condiciones tan excepcionales para la recuperación de caza, fue cuestión de tiempo que cazadores de todo el mundo lo emplearan en cualquiera de las modalidades de la cinegética menor. Para los cazadores de puesto no existe una opción más efectiva. Su inteligencia le lleva a aprender de cada día que va al campo.

En el puesto de acuáticas es donde el labrador retriever saca a relucir todo su arsenal cazador. Es el mejor nadador entre los perros de caza. Cuenta con una morfología especialmente diseñada para el trabajo en agua, con una cola denominada «de nutria» por ser más ancha en su inserción e ir afilándose a medida que avanza hacia la punta, lo que la convierte en un auténtico timón que permite a estos perros maniobrar de manera rapidísima cuando nadan.

Pero lo más llamativo lo encontramos en sus membranas interdigitales, que aportan un plus de velocidad de nado al convertir sus pies en algo intermedio entre un pie de perro y uno de pato. Pero en esta ocasión vamos a centrarnos en sus aptitudes de cobro a la perdiz.

Su inteligencia y temperamento equilibrado le hace pasar desapercibido en el puesto. No nos costará mucho que entienda que, mientras permanecemos en el puesto de ojeo, él debe tumbarse y esperar nuestras órdenes de cobro. Incluso ante los disparos podemos enseñarle a que no se altere.

Para el cobro, como hemos señalado, cada lance le llevará a acumular experiencia y a seguir aprendiendo. Será capaz de memorizar la caída de varias perdices e ir, ordenadamente y a nuestra orden, a cobrarlas una a una. Si quiere disfrutar de las cualidades de estos perros en la máxima expresión del cobro, no deje de asistir a las pruebas que los distintos clubes de raza organizan a lo largo del año.

CdC

 

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