Homenaje a un gran cazador, y mejor persona

Hay vidas que no pueden explicarse sin su relación con la caza y el campo, aquellas que desde la infancia han sentido pasión por cada minuto vivido entre cultivos y montes. Personas que a través de su afición entusiasta inocularon en muchos de nosotros devoción por todo lo que rodea la vida silvestre. Este fatídico septiembre se nos marchó Julián, quien desde su sencillez y alegría nos dejó un gran ejemplo de lo que significa vivir en comunión con la naturaleza.

Alejandro Gutiérrez Galán

12/10/2020 | 52916 lecturas

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Es habitual que cuando pensamos en referentes del respeto a la naturaleza o la cultura rural nos vengan a la mente grandes nombres como Félix Rodríguez de la Fuente o Miguel Delibes. Sin embargo, existen entre nosotros personas anónimas cuya filosofía de vida resulta tan ejemplificante y digna de ser conocida. Hace apenas unas semanas nos dejó Julián, alguien a quien echaremos mucho de menos y que nos demostró que el respeto por el medio natural, la pasión por la vida silvestre o los hábitos de vida sostenibles son encarnados por personas que no siempre responden a los tópicos y etiquetas modernas.

Su vida arrancó en un pequeño pueblo de Toledo llamado Cebolla haciendo lo que tantos niños en el rural de hace décadas: buscar nidos, criar mochuelos o poner ballestas; pero dejando ver a propios y ajenos que su pasión por el campo no era solo circunstancial. Cuando marchó a Madrid junto a su familia, como tantos otros, conservó el vínculo con su tierra natal en parte gracias a su mayor afición, la caza menor; pero también manteniendo viva la vendimia de las viñas familiares o la cosecha de las higueras y parras que le vieron crecer.

La imposibilidad de regresar a su tierra tanto como quería le empujó a comprar una pequeña parcela rústica en Madrid, la cual visitaba a diario. En ella plantó frutales, sembró su propio huerto, crió todo tipo de animales, y se permitió volver a tener perros con los que compartir sus jornadas de caza. Un oasis que, aun amando su profesión, le acercaba cada día a su venerado campo y le mantenía lejos de una vida urbana que no estaba hecha para él.

Los días de caza eran sagrados en su calendario, y su manera de estar en el campo era ejemplo de lo que un cazador debería aspirar a ser. Cuando de niño comencé a acompañarle, vi como dedicaba horas a vigilar los pasos de las palomas y construir los puestos con ramas y fusca en los lugares más idóneos. Podía estar mañanas y tardes enteras apostado para disfrutar de apenas tres o cuatro oportunidades, pero las perchas escasas no hacían de la caza algo menor para él. Su compromiso y capacidad para cobrar las piezas abatidas era admirable, incluso aquellas que caían heridas a saber dónde y que pocas veces no llegaba a encontrar. Entre lance y lance te recitaba los nombres de las aves que transcurrían por la zona, así como las anécdotas y aprendizajes sobre cada una de ellas que había experimentado a lo largo de su vida. Era como salir al campo de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, todo un privilegio.

Su sencillez y humildad eran llamativas, razones por la que, por ejemplo, jamás quiso ni necesitó un todoterreno para llegar donde se propuso. Cuando la caza fue abundante ni alardeó de grandes perchas ni pretendió los mejores puestos, brindándoselos siempre a amigos y familia, con quienes invariablemente gustaba de disfrutar sus días de campo. No le molestaba que la jornada fuese escasa en caza, sino haber cazado mal. Así, errar oportunidades evidentes o no haber podido cobrar una pieza era de lo poco que le perturbaba, aunque era casi imposible no verle alegre.

Julián representaba la mejor cara de una cultura rural que hoy sufre la invisibilización e incluso el estigma, pero que ha sembrado en muchos de nosotros una mirada amplia y respetuosa hacia nuestro entorno que va más allá de tópicos e imaginarios mediáticos. Para él la naturaleza no era solo un lugar para contemplar, presumir de haber visitado o tratar con paternalismo, sino una forma de vida. Su marcha deja un gran vacío, pero también un inmenso legado y ejemplo de cómo estar en el campo y en la vida. Hasta siempre, Julián.

Alejandro Gutiérrez Galán

 

 

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