Editorial

Uno más en la rehala

Con este pretencioso titulo me gustaría encabezar estas líneas, no porque me sienta capacitado para “colgarme” este título, sino por cómo han conseguido que me sintiera en un apasionante día entre grandes cazadores.

No es la primera vez que comparto un día de caza con rehaleros. Pero quizás sí ha sido el más emocionante. Vivir una montería o una batida desde el lado de la rehala consigue que se acelere mi pulso sólo con pensarlo o recordarlo.

La caza para mí va ligada al perro. Pocas veces he salido al campo sin uno o varios canes trabajando a mi alrededor. Y si ese trabajo viene de parte de una buena rehala, no creo que pueda pedirse más. O tal vez sí, como ha sucedido este fin de semana, pues he podido conocer a tres rehalas.

Muy pronto publicaremos un amplio reportaje y un video que recogerán, desde dentro, el trabajo de perreros y, sobre todo, de los perros. Pero hoy me gustaría compartir algunas de las experiencias y conversaciones que han aderezado los momentos de caza. Por ejemplo, llamó mi atención ver una gran cantidad de perros con collares localizadores GPS de última generación. La curiosidad me llevó a acercarme al rehalero a preguntarle. «Todos mis perros tienen un collar» me dijo. Imaginan la siguiente pregunta, ¿verdad? Estamos hablando de 18 perros que tenía aquel rehalero allí, más los que no había traído, todos ellos con un GPS, es decir, muchos miles de euros en los cuellos de sus compañeros de caza. Pero, como allí se dijo: ¿es que los perros no lo merecen?

En otra de las conversaciones en las que tuve el placer de participar se habló de los tiempos pre-GPS, cuando uno de los alanos españoles de este rehalero no acudió a la recogida de perros. Horas, días y semanas buscándole, poniendo la región patas arriba, llamando a todos lados, volviendo a aquel campo, sin resignarse a dar por perdido a su perro.

Pasaron cinco meses y al fin encontraron a aquel alano. El rehalero no dejaba de expresar lo duro que habrían resultado aquellos meses de otoño e invierno para el perro. A pesar de que la historia tuvo el mejor final posible, al contarlo, su ceño se mantenía en tensión y su voz aún arrastraba eso que sienten los propietarios de estos perros cuando pierden a uno de ellos: dolor, desesperación, impotencia.

 

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