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«Gracias por jugaros la vida por mis podencas»: cazadores arriesgan su integridad por los perros de un compañero

Dos cazadores arriesgan la vida para rescatar a dos perras de un compañero, atrapadas en un cortado de 80 metros de altura, casi inaccesible. Horas de tensión y trabajo, múltiples riesgos, narrados por el propietario de las perras: «Se jugaron la vida por mis perras, no sé cómo agradecérselo», nos ha contado.

02/12/2018 20:11:09 | CdC | Archivado en:  Andalucía.

Rescate de podencas
Miki y David, felices tras rescatar a Diana
Lucas junto a las podencas Diana y Nela, a salvo ya en casa
Lucas junto a las podencas Diana y Nela, a salvo ya en casa
Rescate de podencas
Desde abajo, el lugar donde sucedieron los rescates
Rescate de podencas
Otra perspectiva del cortado donde quedaron atrapadas las podencas

Lucas es guarda de una finca de Jaén del término de El Carchelejo, en la comarca de Sierra Mágina. Encarna la sexta generación de guarda de caza de la zona. Trabaja en una finca en la que los socios ponen como requisito que este guarda también disfrute de la caza, algo que Lucas siempre hace junto a sus dos podencas, Diana, que cumplirá 12 años en febrero, el ojito derecho de la familia, y Nela, una hija de Diana de apenas dos años.

Fueron tras un gran jabalí

El pasado miércoles le llamó su compañero Andrés para ver si salían un rato de caza por la tarde. Andrés, que así se llama el compañero de Lucas, llevó a sus perros, y este guarda, como de costumbre, se hizo acompañar de sus podencas. Poco después de comenzar la caza, los perros levantaron un cochino muy grande. No pudimos disparar, y las podencas y los perros de Andrés persiguieron a los jabalíes en dirección a la finca vecina de Campo Abajo. No era la primera vez que nos pasaba algo así. Mis perras son muy cazadoras y, cuando desencaman un jabalí, no hay quien las retengan.

Dos horas después localizamos a las perras cerca de la zona de las colas del pantano, bastante lejos de donde arrancaron. Estaban hostigando a los cochinos. Son buenas perras de caza, y para ellas es su pasión, no entienden de horario, de noche o día, de distancias… ellas cazan porque han nacido para ello.

Comienza la pesadilla

Ante la imposibilidad de llegar hasta ellas y con la noche empujando al atardecer, no tuvimos más remedio que volver a la zona de la suelta. Las perras la conocen bien y, como ya había ocurrido en otras ocasiones, esperábamos que volvieran. Pero no lo hicieron.

Fuimos a casa, pero volvimos al poco rato, con la esperanza de que las perras estuvieran allí. Dejamos prendas de ropa con nuestro olor, para que, en caso de volver allí, quedaran junto a ellas. Casi toda la noche esperando, pero no regresaron. A la mañana siguiente tampoco habían vuelto, de manera que me asesoré telefónicamente con la mejor baza que tenía a mi disposición, un cazador de la sociedad, Andrés, que conoce aquello como la palma de su mano.

Seguí sus indicaciones y, gracias a ellas, pude encontrarlas a las 18 horas del jueves Estaban a un kilómetro de distancia. Las llamamos, y volvieron los perros de mi compañero Andrés, pero las mías, no. Agotamos las horas de luz, pero tuvimos que volver a posponer la búsqueda de nuevo.

Cazadores, héroes, amigos…

La desesperación iba creciendo, pero Andrés me aconsejó pedir ayuda a los cazadores del coto Palomares, los que cazan en la finca que yo guardo. Lo que nunca esperé es que dos de estos cazadores llegasen a jugarse la vida por mis perras. Quiero destacar que se trataba de mis perras, no las suyas. Y estas magníficas personas se jugaron el tipo, literalmente, por devolverme a mis podencas.

David es cazador de la sociedad, y trabaja en las Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero para mí, además, es un héroe. Y Javi, otro cazador y guarda de una finca cercana, más de lo mismo. A primera hora del viernes estaban en Palomares, dispuestos a hacer cualquier cosa por mis perras.

En las fotografías apenas se puede apreciar lo peligrosísimo que se levantaba ante nosotros aquel cortado, precipicio, puntal… como quieras llamarlo. Unos 80 metros de caída en los que las perras se habían internado, y estaban a distinta altura. Cada una llegó hasta donde pudo, pero este entorno se convirtió en una trampa para ellas. No podían avanzar ni retroceder.

Las perras no se quedan ahí

Lo primero que me dijeron estos cazadores es que las perras no se iban a quedar allí. Decidimos que ellos, David y Javi, irían por arriba, mientras yo quedaría por abajo. Mi cometido era llamar a las perras para que ellas respondieran y eso les guiase para localizar el punto exacto en el que se encontraban. Lo que no imaginaba es que David iba a bajar por aquellos cortados tan peligrosos, sin ayuda de cuerdas ni arneses, hasta el lugar donde se encontraba la cachorra.

Se jugaron la vida

Este hombre no tiene otro nombre más que héroe. Con la confianza que le otorga su experiencia como escalador, puso su vida en juego para llegar al lugar donde la cachorra ladraba, la cogió con sus brazos, y volvió a subir más de 40 metros de caída vertical. Una vez arriba, me dijeron por la emisora que Nela estaba a salvo, pero no tenían ni rastro de alegría en la voz. Cuando subí, me dijeron con lágrimas en los ojos que no habían podido llegar hasta Diana. En lugar de celebrar que habían salvado la vida de mi pequeña podenca, estos cazadores estaban llorando por no haber podido llegar hasta la otra.

Cuando me asomé al cortado y vi hasta dónde se descolgó David para coger a la perra y subir con ella en brazos, mi cuerpo me obligó a vomitar. La tensión del momento, los nervios, pero sobre todo la impresión de comprobar que este hombre podía haber muerto por salvar a Nela.

A pesar del peligro, continuaron intentándolo. Tanto David como Javi, pero lo máximo que llegaron fue a acercarse a 20 metros de Diana. El pollato en el que se encontraba era inaccesible con la falta de medios que teníamos.

Durante toda la mañana estuve en contacto con Andrés, presidente de la sociedad de cazadores, que estaba trabajando, pero no dejó de contactar conmigo aconsejándome qué hacer en cada momento. Gracias a su trabajo como bombero forestal, su ayuda resultó clave. Cuando le expliqué la situación, tardó 10 minutos en encontrarme a un experto en rescate de montaña. A las 15:20 horas estaba en Charchelejo y volvimos con urgencia a la zona. La perra corría peligro de intentar salir de allí y despeñarse.

Miki es este profesional, equipado con sus cuerdas, arneses, instalando sus regletas y agujeros en la roca, tardó una hora y media en llegar hasta Diana. Se descolgó unos 65 metros para poder rescatarla. No pudo volver a subir con ella, así que decidió seguir bajando para sacarla de allí.

David le acompañó en esta bajada, pero esta vez equipado, y pudo grabar, de manera apresurada, el momento en el que Miki llegaba hasta la perra. A las 17:30 horas tenía a mi podenca de nuevo conmigo. Tengo un vídeo en el que salgo llorando por la emoción del momento, pero ese me lo guardo para mí.

No puedo más que agradecer a Miki y Andrés y, cómo no, a David y a Javi, porque me han dado una lección de los que es la amistad y el compañerismo, anteponiendo a mis perras incluso a su propia seguridad. Mi hija al fin ha dejado de llorar porque Diana y Nela están en casa. Esto no podré pagárselo con nada. ¡Gracias!

 

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