El Luchadero

El animal y el progreso

Es evidente que toda modalidad de caza que se realice en grupo numeroso va perdiendo lentamente su verdadera esencia cinegética. Lógicamente, me estoy refiriendo a las grandes concentraciones donde sus componentes, salvo en el momento del lance, aportan lo justo a la consecución de la cacería.

05 mar. 2017 - 1.920 lecturas - No hay comentarios

Veamos. Conviene diferenciar a las pequeñas batidas o ganchos donde el aficionado es parte importante por cuanto su participación requiere una cierta complicidad: sacrificio, conocimientos y algo complejo de entender por los profanos, saber cumplir con la caza en las contadas oportunidades que se le presentan.

Los animales, por su parte, están anclados en el tiempo y el instrumental que se utiliza en la actualidad ha experimentado una evolución que para sí la quisiera el más astuto de los animales: vehículos 4x4 que dan acceso a los puestos más difíciles de ocupar, un sinfín de pistas, armas sofisticadas, visores de última generación, aparatos de comunicación entre puestos y perreros, prendas de abrigo ligeras e impermeables, GPS… ¡En fin! Que algunos aficionados estrujan poco el cacumen, van perdiendo parte de sus conocimientos venatorios y adolecen de una cierta sensibilidad.

Lo que no cuesta conseguir difícilmente se valora y agradece en su justa medida. De ahí que cuando se tenga la gran oportunidad de vivir el levante de un gran macho de jabalí, ese de marfileños colmillos que blanquean sobre los espumarajos que el cansancio le hace brotar de sus fauces, se asegure nervioso a la garganta de la culata. Porque el jabalí huye del hombre a pesar de que no le intimide toda la gama de vecinos que con él pueblan la zona.

Siente desprecio por los perros de caza, indiferencia por el astuto y poderoso lobo, acuchilla a sus hermanos que osan quitarle las hembras y, sin embargo, huye del hombre. Su instinto le dice que el hombre, aunque débil a su lado, aunque inferior en fuerza, es algo para él insuperable. No sabe porque; pero huye. Es la inteligencia del hombre la que le intimida, se jugaría la vida con cualquiera pero ante el hombre se siente acobardado. Dios le negó la inteligencia y ello le abruma. Él a de morir para que el hombre viva. Es la ley del Todopoderoso y ha de cumplirse. Un balazo le deja tendido y sangrando en una crestería por donde intentó escapar. La bóveda azul que cobija a todos por igual contempla a uno muerto y al otro feliz.

Aunque, curiosamente, el cazador en ese momento quisiera darle la vida que le ha quitado.