El jabalí, sin padrinos

José Luis Garrido

 

Las opiniones que vierto a continuación no las he fraguado a tenor de los acontecimientos recientes. La deseada, durante tantos años, batida de El Carrascal y ofrecida espontáneamente a la Asociación de Cazadores como solución a una manera determinada de gestión acumulada, me invita a recuperar estas impresiones de entre las que publiqué en febrero pasado en la revista especializada de Federcaza.

El jabalí es la especie de caza que más ha medrado en los últimos años. En los últimos veinte, las capturas se multiplicaron por cuatro en España, y por mayor coeficiente en Castilla y León, donde hemos pasado de 4.000 capturas en 1980, a casi 17.000 en la última temporada. Si no fuera por los excesivos daños, el jabalí lo tendría todo a su favor. Las batidas salvan y sujetan a muchos cazadores que ya hubieran colgado los pertrechos y abandonado al gremio de no ser por las cacerías que proporciona el guarro. Es, por tanto, la figura que más agradecimientos recoge en los ámbitos cinegéticos, ya que debido a su abundancia tiene a su favor unos precios relativamente adecuados para los bolsillos modestos. Hay que advertir, no obstante, de que no siempre el precio es asequible y justo para lo que ofrece el organizador. También es necesario hacer notar que, de seguir por este camino, no vamos a disponer en el futuro de jabalíes a discreción: podría ser que la especie esté dando los primeros avisos a tanta presión cinegética.

Aunque el jabalí provoca daños y accidentes como en sus mejores tiempos, ha acabado en Castilla y León una temporada en la que no hemos dado una y las capturas han estado muy por debajo de lo habitual. El jabalí se ha contado por bolos en la mayoría de las monterías y batidas en la región. Hay excepciones, y se han dado precisamente en Valladolid, que fue siempre la provincia más negada a esta especie. Con carácter general, algunas batidas sin capturas fueron organizadas por gente muy competente y honesta, pero muchas otras, por algunos sinvergüenzas que no tienen el menor sentido del ridículo. Batidas de treinta monteros y uno o ningún jabalí han sido demasiado habituales para pensar que tantos casos hayan sido fruto del azar.

La verdad es que el jabalí nos puede dar en cualquier momento su peor respuesta: la caída en picado, porque no se somete a ninguna gestión. Todo lo contrario. En esta comunidad se caza la especie todo el año debido a los accidentes y a los daños que ocasiona en los cultivos y que, en ambos casos, nos adjudican a los de siempre. Para muchos cotos se ha abierto una nueva puerta al permitir su caza durante los recechos al corzo. La Administración se lava las manos y permite cazar al jabalí allí donde se solicite para evitar comparecencias en el juzgado cuando ocurren siniestros. Deberían actuar con igual diligencia con otras especies, también necesitadas de control, para demostrar coherencia en sus actuaciones. Pero el jabalí no tiene padrinos.

Ante la manga ancha de la Administración, algunos organizadores de cacerías poco rigurosos nos engañan aprovechando la gran demanda de caza mayor, en un momento en el que estamos obligados a colgar la escopeta para la menor. Me refiero a quienes arriendan la caza mayor del coto y dan los corzos a unos cazadores y organizan ellos mismos batidas sobre la nada para otros cazadores. Como se permite tirar al jabalí durante los recechos al corzo, en realidad la acción pagada para cazar a éste se convierte en esperas durante tres meses al jabalí y, de paso, al corzo como protagonista. Luego, en diciembre, se da la batida de todos los años y el monte se queda con el ladrido quejoso de los sabuesos que siguen a la liebre o algún corzo, porque jabalíes no quedan. Las tres o cuatro hembras que se matan cada año junto a su prole en muchos términos durante esos recechos al corzo -unas veces por no ver a los rayones y otras, aun así - eran los veinte jabalíes que iban a verse en esa batida de temporada. El organizador conoce sobradamente cómo está el monte y, también, que no puede esperar una respuesta seráfica de aquel cazador al que le cobró 1.200 euros por cada corzo y le animó a pagar diciendo que también podía cazar jabalíes. Los timos que padecemos con estas monterías en blanco son la respuesta a los negocios ocultos de la caza y, desde luego, una advertencia de esta especie, prolífica como ninguna, a la que se somete a una excesiva presión, unas veces justificada para reducir sus cuantiosos daños, y otras, excesivas, utilizando los perjuicios al agricultor como pretexto.

 

*José Luis Garrido es director de la Escuela Española de Caza

 

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