Economía de la caza

El camino de Wall-Street conduce a ninguna parte.

José Miguel Montoya Oliver

31/05/2018 | 5171 lecturas

Los sucesivos estudios que sobre economía de la caza se han hecho en España, han conducido sistemáticamente a un error de sobrevaloración fácil de detectar: si se divide la aportación al producto interior bruto de la caza en España (6.475 millones de euros según el último estudio) por el número de licencias de caza (713.139 según ese mismo estudio), cada cazador vendría gastando unos 9.080 euros al año; cosa que resulta imposible, conociendo la sociología del cazador actual, mayoritariamente trabajador, envejecido y rural. Cierto que esta cuenta de la vieja puede ser un tanto grosera y tal vez pudiera pulirse (a favor o en contra del argumento); pero la desmesurada dimensión del resultado es incuestionable.

Economía según la Naturaleza

Cabe pensar que la repetición de este error se debe a un análisis insuficiente de las peculiaridades de la economía de la caza, una Economía según la Naturaleza y por tanto muy distinta de las clásicas. Digamos que la Naturaleza y Wall-Street tienen poco que ver.

Estudiar una ‘Economía según la Naturaleza’ mediante métodos ajenos a ella conduce al error

Estudiar una Economía según la Naturaleza mediante métodos ajenos a ella conduce al error. Es cierto que estos métodos preexisten, y por tanto son fácilmente aplicables; pero solo deberían aplicarse a aquello para lo que han sido creados, y nunca a cuestiones distintas. El estado embrionario de la Economía según la Naturaleza no autoriza a sustituirla por cualquier otra forma de valoración.

Muchos autores son críticos con lo que consideran aplicación desmesurada de la Economía de mercado (y asimilables) a cuestiones ambientales ajenas a ellas: aplicar a la Naturaleza unos conocimientos sobre Economía, solo por estar ya disponibles.

Principios básicos

Ninguno de los básicos que enmarcan la Economía según la Naturaleza, y por tanto la economía de la caza, permite valorar la caza fuera del marco de la Economía según la Naturaleza. Valorarla como una actividad económica más, conduce a los graves errores de fondo a los que nos hemos referido. Presentaremos brevemente estos principios:

  • Principio de unicidad. Todos los valores, usos y recursos (y por tanto la caza) son asimilables entre sí, por lo que deben compartir un mismo modelo de manejo y de valoración. No debería hablarse nunca de la caza fuera de este marco unitario. Por su carácter cruento, la sociedad tiende a aislar la caza de su marco natural, a arrancarla del marco ecosistémico que le es propio y natural, a desguazar el ecosistema ¿Qué les habrá hecho la ecología a todos estos?
  • Principio de obligación. El manejo sostenible de todos esos valores, usos y recursos no es para el Hombre una decisión libre (el ridículo caza sí, caza no), sino una obligación natural, derivada de las responsabilidades y singularidades propias de nuestra especie. Mantener los equilibrios biológicos de manera sostenible es obligado, no es opción; y por tanto es obligado cazar. La opción no-caza es ilegítima y, si se aplicara, sería contraria a la Conservación de la Naturaleza.
  • Principio del beneficio. No existe ningún otro beneficio derivado del manejo que la propia sostenibilidad. Todos los demás beneficios, no son sino meros subproductos o residuos, a obtener de forma consecuente con los dos anteriores principios. Por esto, no cabe valorar la caza al margen de la sostenibilidad del manejo territorial: aquí reside el error de filosofía y de perspectiva de los economistas clásicos.
  • Principio de simulación. Todas las intervenciones racionales en el medio natural (cinegéticas u otras), no son sino mera simulación de los procesos de perturbación propios del medio natural: ¡Hacemos Naturaleza! A la Naturaleza solo se le puede gobernar obedeciéndola. La caza hace lo mismo que hacen la selvicultura, la pesca, el pastoralismo, o la conservación de la biodiversidad; conducir los procesos ecológicos de perturbación: normalización de la pirámide poblacional, repoblación y mejora genética, mejora de la composición específica, selección y liberación individual, control de densidad-espesura, gestión adecuada y defensa del recurso. No cabe desobedecer a la Naturaleza, solo porque el cazar sea cruento a los ojos del Hombre moderno: todo cuanto nace, muere.
  • Principio de precaución. De obligado cumplimiento en la Unión Europea: En caso de amenaza para el medio ambiente, y en una situación de incertidumbre científica, deben tomarse las medidas apropiadas para prevenir el daño. Lo dicho: debe desarrollarse un modelo general para la sostenibilidad de todos los espacios más o menos naturales, modelo que, por cierto, apenas si los montes y la caza han iniciado. La caza es el valor, uso y recurso más avanzado, el más moderno y progresista de todos ellos, y no un arcaísmo propio de viejos como piensan algunos retrógrados.
  • Principios éticos. Administramos la vida a través de la muerte; pero esto no nos permite matar de cualquier manera. El respeto debido hacia los demás seres vivos es imprescindible, tanto en vida como tras su muerte. El respeto obliga a minimizar todo sufrimiento animal inducido por el Hombre; también a que toda muerte sea demostrablemente necesaria a efectos de sostenibilidad. En el caso de la caza, deben añadirse al respeto los siguientes principios éticos, propios de las nobles reglas de su arte: azar, difidencia, escasez y sacrificio. La caza para ser lícita debe ser ética. Una caza cada día más ética, más orteguiana, es un objetivo posible hacia el que cada día más cazadores caminan.

La condición de sostenibilidad

Urge abandonar cualquier forma de encastillamiento y defensa de la caza a la numantina

Cuanto de economía de la caza se viene hablando, se olvida de una condición previa: que la sostenibilidad del manejo territorial debe ser demostrada, antes de entrar en valoración económica alguna. No hacerlo incumple los principios básicos del manejo y por tanto de la caza. Actuar así no hace falta (¿para qué elucubrar sobre el valor de los subproductos y residuos, al margen del beneficio principal?), conduce a demostrables y repetitivos errores y sesgos, y es peligroso y hasta dañino para la imagen pública de la caza.

La caza es mucho más que economía, es también sociología, técnica, cultura y ecología, es también animalismo del de verdad; pero es, sobre todo, una componente principal en el manejo sostenible de los espacios rurales. Su visión y defensa debería ser siempre global (el todo), nunca sectorial (la parte). Urge abandonar cualquier forma de encastillamiento y defensa de la caza a la numantina y, sobre todo, urge ampliar, enriquecer y modernizar nuestros argumentos: dar el salto hacia una visión amplia y plena, integrada y sostenible. El avance de la modernidad es imparable.

José Miguel Montoya Oliver

 

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