Las pautas de gestión de un buen guarda

Me entrevisté por primera vez con el guarda de la finca Dehesa de las Yeguas, Cádiz, a mediados de julio. Estas son las impresiones e informaciones recabadas de aquella primera entrevista, que reproduzco en esas páginas tal y como se sucedió, amena y sencilla.

Samuel Morillo | 03/07/2008

La pájara teniendo grano y agua constantes todo el año es capaz de hacer puestas de 22 o 23 huevos

Es de los muchos guardas jurados que existen que, dedicados en cuerpo y alma al campo y la naturaleza, actúan con conocimiento de causa para hacer verdaderos santuarios cinegéticos. Su buena gestión del campo le permite figurar en una lista exclusiva de guardas muy cotizados, expuesto siempre a mejores ofertas laborales, de las muchas fincas que existen. Y como dice la sevillana del amigo: «Cuando un buen guarda se va, va dejando una mella que no se puede borrar, no te vayas todavía, no te vayas por favor, que hasta la escopeta mía llora cuando dices adiós».

Este guarda se llama Antoñirri y está en una finca que es capaz de satisfacer al cazador o tirador más exigente. Lleva desde hace algunos años ejerciendo de gestor y guarda en la finca de la Dehesa de las Yeguas, de 450 hectáreas, en el término municipal de Puerto Real (Cádiz).

Un día de mediados de julio me abrió la portada de la finca gentilmente para que pasara con mi todo terreno y se montó conmigo. Según me adentraba por el carril me impresionó el rastrojo de trigo que vi sembrado salpicado de pinos. Por Antoñirri supe que aparte de trigo, contaban además con siembras de algodón y zanahoria.

En las linderas del coto, el monte bajo acompaña al grueso de pinos y a algún eucalipto. Durante el trayecto el guarda me señalaba y enseñaba los muchos bebederos de cemento hechos por él en sitios estratégicos. Algunos en llano, arropados por la sombra de los muchos pinos que dan sesteo a palomas y tórtolas que habitan en el entorno, y otras al amparo del monte.

Me sorprendió ver el agua limpia, muy clara, y a la vez mucha, mucha perdiz. Alguna hembra llevaba tras ella a 12 ó 15 pollos, otras, en cambio, sólo dos o tres debido a la granizada tan fuerte que cayó a principios de la primavera y echó muchos nidos a perder. Antoñirri me explicó que la pájara en el mes de abril o en las primaveras secas, se la ve bañarse para llevarse en sus plumas la humedad al nido, y que teniendo grano y agua constantes todo el año es capaz de hacer puestas de 22 ó 23 huevos. Demostrado.

En los sitios donde no tiene comida todo el año, y en los meses en los que acontece el trato del cereal, come cuatro insectos, cuatro chinillos, y su celo le conduce al nido. Al no llevar ni tener el buche lleno o nutrido, vuelve otra vez a buscar comida, y deja de dar calor a los huevos, lo que entorpece el normal desarrollo de los huevos hasta afectar a la mitad de ellos, que carentes de fuerzas, se ven impedidos para romper el cascarón.

El macho, una vez que la hembra sale a buscar alimento, cumple su función paterna en el nido incubando los huevos, pero ojo, no son todos, ya que un elevado porcentaje de los machos se aparea con más de una hembra, dejando el nido a merced de la madre y de los depredadores del campo.

En esta finca hay también muchos conejos que se salvan de la mixomatosis, gracias al aprovisionamiento de alimento y agua ya que, al toparse con el agua, permanecen en las proximidades con el fin de combatir la fiebre que esta enfermedad conlleva. Es una prueba de la buena gestión que se lleva en la finca. Al conejo se le caza un par de veces en la general y poco más. A la tórtola y a la paloma se le pegan dos o tres cacerías a lo sumo, colocando los puestos de manera que no mareen mucho a la perdiz. En algunos puestos se cobran hasta 70 u 80 pájaros.

Si hablamos de codornices, pocas o ninguna, ya que no entran como antes. En cuanto a la liebre, ésta corre a sus anchas, no se tira, pero se cazan algunas con los galgos.

El día más señalado de la general es la batida de perdices. Cuando llegué a este coto, los puestos estaban colocados de tal forma que se cobraban del orden de 450 y 500 pájaros. Hoy en día y después de cambiarlos de ubicación, tras la aprobación de los dueños, estamos cobrando entre 800 y 850 pájaros entre quince escopetas. Referente a los depredadores principales de la zona, me señala el meloncillo con el tono de voz un tanto eufórico, debido a la proliferación existente en esta zona.

«Buen carril y bonita finca, Antoñirri», le digo. «Respeto, esfuerzo, sacrificio y seriedad conllevan todo esto», añade él mientras contemplo la propiedad. Por algo está considerado guarda de los buenos, y no será a partir de mi puño y letra el decirlo sino de los muchos aficionados a la caza que lo han tenido como tal y dejando para ellos recuerdos inolvidables de exitosas jornadas de caza.

Participaría sin escopeta en la próxima batida con la aportación única de mi can Tom, responsable del cobro de parte de las perdices que se abatieron en la Dehesa. «Antoñirri, dame un banderín como un echador más para participar y deleitarme de semejante espectáculo». Antoñirri se limita a sonreír y argumenta lo mucho que se podría hacer en esas fincas mal gestionadas por igual de la mano de Dios y de la mano de presidentes y guardas que dejan mucho que desear.

Samuel Morillo

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