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De los muchos cantos y sonidos que es capaz de emitir la prodigiosa garganta de un perdigón, tal vez sea el muy melancólico maullido o suspiro el más enigmático y misterioso de todos, no ya sólo por la mimosa cadencia de su lastimero tono, sino por el indescifrable mensaje que en él se quiere transmitir.
José F. Titos Alfaro | 27/06/2008
Ni los más avezados aficionados al pájaro han llegado jamás a ponerse de acuerdo en ello. Y es que la cosa no es nada fácil, sobre todo por lo indefinidas que son las caudas que lo generan. Por lo que, al no quedar nada claras sus raíces, es lógico que el mensaje que en sí conlleva nos quede como en una nebulosa. Y así nada extraño tiene que, al no tener evidencia de su porqué, nos deje sumidos en el misterio y como con dos palmos de narices, que diría un castizo.
Un servidor de Dios, y de ustedes, en mi ya larga vida de aficionado, he oído maullar, lógicamente, a mis reclamos en multitud de ocasiones e, incluso, en muy dispares y hasta opuestas circunstancias. Quiero decir, en concreto, que los he oído maullar en los días en que han estado ardiendo de celo y, por el contrario, en los que se han encontrado en sus horas más bajas, bajo este concreto aspecto, como es cuando han estado en plena muda. Sí he observado, sin embargo, que por lo común, hay una circunstancia que difícilmente no concurre en la emisión de un tan nostálgico suspiro, y es que parece dar la impresión de que, como para no desentonar en su melancólico deje, casi siempre lo suelen emitir durante esas horas brujas y dormilonas del día, cuando éste comienza a darle paso a la noche, si es que no ya anochecido, e incluso, una vez entrada la noche de lleno.
Mis observaciones sobre este tan misterioso quejido en los campesinos, obviamente, no han podido llegar a tanto, pero también tengo mis experiencias. Os refiero una con la sinceridad que creo que me honra.

Siempre que he oído maullar a los campesinos ha sido en el puesto de la tarde y cuando éste ha empezado a dar los últimos coletazos y, por ende, cuando el atardecer está cerca de su total ocaso, dándose además la circunstancia —que nunca lo ha sido así por las buenas y porque sí— de que el campesino de marras ha empezado a maullar después de que haya mantenido, retrancón e inamovible, una buena gresca y enardecida perorata con el del pulpitillo.
«¿A qué estos maullidos ahora —me preguntaba—, después de haberse tirado tanto tiempo replicando a su retador y sin dar, cobardemente, ni un solo paso adelante…? ¿Agotado, tal vez, de tan beligerante discusión —me decía— estará desahogando su decepción con esas tan melancólicas cuitas del alma, pensando que su contrincante lo ha vencido, llevándose a su lado a esa imaginaria princesa por la que ambos han porfiado tan ardientemente, con sus incesantes curicheos, piñoneos y reclamos…? ¿A qué esos tristísimos suspiros, entonces…? ¿Estará expresando, abochornado, el no haber tenido la suficiente vergüenza torera para acudir a dar la cara ante aquel valiente e intruso galán, para debatirse con él en desigual y singular batalla…?». En casos como éste nunca jamás pude saberlo, al menos, con un mínimo de certeza. A lo más que llegaba era a sospecharlo, por lo que, sin querer montar cátedra, ni mucho menos, un servidor de ustedes piensa que este enigmático y misterioso quejido, tanto en el caso de los reclamos, allá en la prisión de sus jaulas, y especialmente estando en casa, como en el caso de los campesinos, allá en la libertad del campo y ante las circunstancias que he expuesto o de otras, más o menos similares, no es sino un melancólico suspiro que se les escapa incontenible de lo más íntimo de todo su ser, por lo que nunca mejor que a esas horas brujas del atardecer o en las siempre tan misteriosas horas de la noche, por ser tan propicias, precisamente, a la evocación de ese tan anhelado amor que no termina de llegarles, o bien a los sueños de que vayan a saber qué nostálgicos recuerdos que en ellos, por ser esencialmente camperos, necesariamente han de estar impregnados de bucolismos y, consecuentemente, de inefable vélelas y poesía.
Muchos pajareros, cortando por lo sano y sin querer meterse en complicaciones, creen que el maullido de los perdigones es sólo el signo más evidente de que están pasados de celo y, sin más, dejan ahí la cosa. Un servidor –que con todos mis respetos y después de lo que he dejado dicho de que los he oído maullar en el despelecho (tiempo en el que sí se pueden acordar del celo)— no puede estar de acuerdo. Que tampoco sé lo que yo, sintiéndome soñador, termino de afirmar del tan misterioso suspiro, de acuerdo también. Entonces, ¿en qué quedamos, en el duro o en los veinte reales…? Pues, sencilla y llanamente, que es uno de los muchos misterios que esconde el sugestivo y fascinante mundo del reclamo de perdiz y que, por ahora, ahí lo vamos a dejar como volando por los aires como una ingrávida pluma y siendo juguete del viento… (Artículo 4 de 7)
José F. Titos Alfaro
Comentarios (2)
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28/06/2008 20:52:09
12/07/2008 18:41:01
un saludo
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