En el anterior capítulo sobre la biología del corzo aclaramos cómo el clima condicionaba el arranque y final de sus diferentes ciclos. Y si este punto está aclarado, ¿qué más cuestiones cabría considerar en relación al clima y los ciclos del corzo? Pues precisamente esto: los arranques y los finales de cada ciclo.

Patricio Mateos-Quesada

Comparadas las dos poblaciones del corzo peninsular, la septentrional se encuentra en parecidas circunstancias a las del resto de Europa

Hemos visto hasta este momento cómo la climatología afecta al desarrollo de los diferentes ciclos del corzo. Hemos hablado, al margen de las consideraciones derivadas de la particularidad de cada una de nuestras sierras, cómo se perciben los dos corzos en nuestra España peninsular, en los que existen variaciones de comportamiento y de amplitud en la duración de sus ciclos. Y sobre este último aspecto cabría hacer un breve inciso, precisamente en diciembre por ser el momento donde algunos de los aspectos de su biología pueden ser analizados bajo este prisma.

Arranques y finales de cada ciclo


En los machos extremeños, a diferencia de los del norte, la territorialidad no ha cesado hasta este momento, comienza a manifestarse cada vez más. Conforme transcurre diciembre son más visibles las marcas a lo largo de su área: de origen químico, dejadas en el suelo por acción de sus patas delanteras, y comienzan a verse las primeras marcas dejadas en la vegetación.© Custodio Torres.

A este respecto cabría hacer una reflexión que quizá haya sido considerada por el ente evolutivo de la especie. Un corzo que tiene momentos duros dentro del ciclo anual, debe situar su fenología —o aquellos ciclos que se desarrollan en el tiempo— en un espacio concreto en este calendario anual: celo, nacimientos, territorialidad..., son aspectos que deben emplazarse teniendo en cuenta cuál es el mejor momento para cada uno de ellos. Cuanto más apurado te encuentres en el tiempo, al ser la época limitante más extrema y extensa, más limitado tienes tu calendario y más ajustados tus ciclos.

Comparadas las dos poblaciones de corzo peninsular, la septentrional se encuentra en parecidas circunstancias a las del resto de Europa. La ubicada en zonas donde los inviernos son más templados y los rigores invernales más ceñidos, dispone el corzo de un mayor tiempo para situar sus ciclos, algo que a priori y por imperativo de especie, deberían ser similares a los del resto de congéneres de otras áreas adyacentes. Veamos cómo esto se deja entrever en nuestras dos poblaciones y puede llegar a modificar sus estrategias de supervivencia y éxito.

Fin de semejanzas entre machos

GESTIONAR EN DICIEMBRE

Hemos dejado entrever que el arranque de la diapausa podría depender del estado de carnes de cada madre. Por otra parte, existen datos que nos permiten pensar en la posibilidad de que una caída en el aporte alimentario de los machos, hace decrecer la calidad de la cuerna en el último estadío de su desarrollo. Oídos estos argumentos, cabe seguir con el aporte alimentario como medida de gestión prioritaria, siempre que las poblaciones así lo demanden.

También es un buen momento, sobre todo en las poblaciones más septentrionales, de establecer movimientos en el paisaje: formación de rayas, charcas, desbroces para pastos... son actuaciones que se pueden llevar a término sin interferir de manera importante en ninguno de sus más vitales ciclos.

Sin embargo, y como deducción a la lectura de este artículo, se puede extraer de él una conclusión que tiene relación con la gestión: los machos de mayor edad en las poblaciones ubicadas al sur peninsular ya pueden discernirse del resto al haber completado el desarrollo de la cuerna. Aparte de otros lances cinegéticos en los que se vean envueltos los cazadores o la disposición legal de cada autonomía, podemos asegurar que todos aquellos machos que han descorreado por estas fechas, son machos adultos que probablemente se encuentren en el cenit de su formación. Según las cuentas de cada coto, serán susceptibles de ser eliminados en cantidad determinada o no, pero de ser localizados, debemos tener la completa posibilidad de haber localizado individuos maduros y de encontrarse en un momento que no es relevante para ninguno de los ciclos de la biología del corzo.

Hablamos en noviembre de que todos los machos peninsulares se encontraban en el mismo momento o, al menos, parecido. Para diciembre las cosas han llegado a un punto en el que las diferencias comienzan a ser más patentes si cabe. Los corzos del norte siguen soportando los rigores invernales y los machos siguen con una cuerna en desarrollo, concentrados en grupos más o menos numerosos y sin el más mínimo atisbo de territorialidad.

Las poblaciones extremeñas —ejemplo de aquéllas cuyo tiempo de actividad anual no se recorta tan acusadamente por las condiciones climáticas— disponen de un mayor intervalo para cumplir con sus ciclos: las estrategias comportamentales, encaminadas a conseguir el máximo de copias genéticas para la siguiente generación, pueden variar en función de esta máxima disponibilidad de tiempo.

La cuerna

Efectivamente, los primeros corzos ya han descorreado y la cuerna se muestra durante las primeras horas de la caída de la correa, ensangrentada; pero pronto se oscurecerán, a excepción de las puntas de sus candiles. Durante enero la generalidad de la población descorreará en estas poblaciones asentadas más al sur, pero en diciembre los más adelantados pueden verse en la plenitud de su formación: fueron aquéllos que desmogaron a principios de octubre, poco más acabado el celo en las hembras.

Existe una relación entre la edad del individuo y el tiempo en el que forma la nueva cuerna, de forma que uno viejo formará la cuerna antes que uno joven, y al mismo tiempo que el resto de congéneres de su edad. Un individuo joven podrá tener lista su cuerna en el mes de febrero o incluso marzo, mientras que otros de su edad pueden haber formado la cuerna dos meses antes. Dicho de otra manera, cuanta menos edad tiene un grupo de individuos de similares características, más tiempo tarda ese grupo en el desarrollo de la cuerna.


En los machos extremeños, a diferencia de los del norte, la territorialidad no ha cesado hasta este momento, comienza a manifestarse cada vez más. Conforme transcurre diciembre son más visibles las marcas a lo largo de su área: de origen químico, dejadas en el suelo por acción de sus patas delanteras, y comienzan a verse las primeras marcas dejadas en la vegetación.© Custodio Torres.

Pero el que nos interesa para analizar menesteres territoriales y estratégicos es el macho adulto y éste, a los tres meses de verse desprovisto de su cuerna, ya tiene una nueva. La consecuencia más inmediata se traduce en el remarcado de los territorios y en la defensa de lo que fuera su territorio hasta ese momento. Tal es así y tan temprana es la defensa de territorios, que se establecen luchas entre machos rivales con cuernas aún sin formar, lo que se traduce en desperfectos y roturas de las puntas como luego se ve en individuos con cuernas ya formadas.

Sin embargo, no debemos olvidar que estamos en uno de los meses, junto con enero, donde las condiciones climáticas son más duras. No debemos alejarnos de la idea de que el esfuerzo primordial es mantener el calor corporal mediante un acopio adecuado de ingesta, algo en donde el gestor puede aportar cierta ayuda. Es evidente que buena parte de aquellos machos cuyo desarrollo de cuerna es completo o está a punto de concluir no traducirán ese aporte en una mayor calidad de la cuerna, pero podrán pasar el invierno, al menos, de forma más desahogada, caso de que las condiciones se tornen extremadamente rigurosas.

Las primeras diferencias en las hembras

Existe en las hembras, un fenómeno cuya existencia en esta especie no se encuentra del todo esclarecida: la diapausa embrionaria, que consiste en que, una vez efectuada la cubrición y fecundado el óvulo, el desarrollo del feto se ralentiza hasta alcanzar niveles similares a los de una parada embrionaria. Esto es una estrategia argumentada para especies de la familia de las focas: algunas de estas especies permanecen en tierra sólo un mes al año; como la gestación dura nueve meses desde la fecundación, cuando estuvieron en tierra, las crías deberían nacer en pleno océano. Para evitar esto retardan la gestación mediante la diapausa embrionaria dos meses, para que coincida el momento de los nacimientos con el único mes que estarán en tierra.

No hay premura a la hora de reiniciar la gestación

¿Qué significado tiene este proceso en los corzos? En todas las especies el momento elegido para el nacimiento ha de efectuarse cuando mejores condiciones de clima y alimentación existan para las crías, esto es, primavera, al menos para las corzas. Otros ungulados establecen la época de celo restando a este momento de primavera, el tiempo de gestación de sus hembras: septiembre para los ciervos y noviembre para los gamos, son dos ejemplos. Si proyectáramos esto para el corzo, para parir en abril-mayo debería entrar en celo en diciembre-enero y no en julio-agosto, como realmente sucede.

Pero la cuestión en estos momentos, y para este fenómeno, es la diferencia que existe en las hembras de corzo según la población en la que se encuentre. Las corzas del norte peninsular tienen más ceñido el tiempo para parir y cubrirse de nuevo, por lo que deben ajustar el momento de comenzar con la gestación para que sus crías nazcan en la mejor época. Habrá una coincidencia de buena parte de la corzas en comenzar la gestación en el mismo momento, algo que no sucede más al sur.


Las corzas en diciembre se localizan en su grupo familiar: en el sur será exclusivo y en el norte podrá constituirse con otros grupos familiares. Pero la aparente similitud se ha roto de nuevo en este mes: las del norte siguen con la gestación retardada y las del sur comienzan su carrera hasta la paridera. ©Custodio Torres.

En Extremadura, Castilla-La Mancha o Andalucía, el invierno se suaviza y puede dar lugar a una primavera más amplia, además de un verano también más extenso que en el resto de los territorios peninsulares habitados por el corzo. Esto significa que no existe una premura de tiempo a la hora de establecer el momento de reiniciar la gestación para que coincida con el arranque de la mejor época; estas corzas tienen más tiempo para la paridera y la prueba es que ésta se lleva a cabo en dos meses, en contra de lo que sucede en el resto de las poblaciones españolas o europeas.

Las corzas disponen así de más tiempo para hacer un acopio adecuado de comida antes de comenzar la gestación, desarrollar sus crías para que éstas afronten la época estival más robustas, poder establecer la rotura familiar en un periodo menor, adelantar el celo... Son muchas las implicaciones que, un mes más o menos, pueden desatar en la conducta de las corzas. Muchas de ellas, están aún sin determinar y otras tantas pueden sorprendernos, como hasta ahora nos han asombrado muchos comportamientos de esta especie.

Patricio Mateos-Quesada (Biólogo)

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